Desde que nos conocimos me llama Matilde. Estábamos formados en la fila de los alumnos con mejor promedio de la ENSFO. Ahí hablamos por primera vez e iniciamos una conversación que ha continuado a lo largo de los cincuenta y tres años de nuestro matrimonio. Juntos impartimos clases en muchas escuelas y conseguimos transmitir algún conocimiento a decenas de niños –ese es el orgullo de cualquier profesor-. No obstante, nuestras manos gastadas y las arrugas en el rostro nos llevan a una inevitable conclusión; Natanael y yo hemos envejecido.
Nunca tuvimos hijos. Y no porque fuésemos egoístas o algo así; más bien, creo yo, que nos amábamos tanto el uno al otro que nuestro corazón no podía abrazar a alguien más. Ni siquiera alguien que llevara nuestra sangre. Pero en aquellos días apareció “Lalo” (nuestro pequeño vecino de ojos azules) para alegrarnos en nuestra vejez.
¿Cómo es posible que una criatura de apenas diez años pudiera enseñarle tantas cosas a un par de ancianos disociales? Si hubiera sabido que un niño trae tanta alegría a un hogar, hace tiempo hubiera rogado por tener uno propio. Pero la llegada tardía de la luz, siempre impresiona más a los ojos; y Lalo había llegado justo en el momento de la vida cuando los ojos ya no esperan vislumbrar algo bueno.
Este Lalo era siempre el tema de conversación cuando Nath y yo nos quedábamos solos. Por las noches sonreíamos al recordar todo lo que el niño había hecho en el día. Bueno, todo lo que nosotros sabíamos que había hecho, pues estábamos conscientes de que las aventuras más descabelladas de un crío son resueltas en lo secreto, y sólo se pueden ver sus consecuencias. Como el día en el que desaparecieron misteriosamente los canarios que compramos en Huatulco. Ese día habíamos salido de compras a Oaxaca. De nuestra casa – en Llano de Flor- hasta allá debían ser unos setenta kilómetros. Vamos, no me crean del todo; nunca fui buena para calcular distancias. Pero quiero decir que tardaríamos medio día en ir, comprar y regresar a casa. Salimos apenas salió el sol en nuestro antiguo “bocho” y nos entretuvimos viendo chucherías en cada pueblito por el que pasábamos. Ya saben, cosas de viejitos. De regreso el Volkswagen apenas andaba; repleto de fruta, miel, plantitas y dulces. Ah, y unas sandalias de cuero que Nath me compró. Quise acomodar un Jazmín de Virginia que compramos cerca de la jaula de los pajarillos cuando descubrí que la portezuela de madera estaba abierta. “Lalo”, fue lo primero que pensé. Y corroboré mis sospechas cuando encontré tres canicas azules tiradas en el pasto (Lalo colecciona las canicas azules, porque dice que son las únicas que no pierde de vista cuando juega entre la hierba). Pero nunca lo reté ni le dije nada. Lo último que quisiera en esta vida es romper el corazón del niño.
Pues bien, luego de presentarles a Lalo y a mi esposo, les hablaré sobre algo que sucedió hace apenas dos semanas. Algo de lo más curioso.
Natanael siempre estuvo en contra de celebrar la navidad. Jamás me dio las razones suficientes como para aceptar su decisión; simplemente era un hecho: en casa no habría cena, ni pavo, ni regalos. Mucho menos un pino de navidad. Quizá era por su orgullo nacional y su refreno a aceptar tradiciones extranjeras. Una vez me dijo que eso del pino y los regalos era una tradición de los indios norteamericanos.
Pero este año algo muy distinto ocurrió. Sí, y Lalo tenía mucho que ver.
El martes antepasado Nath me estaba ayudando a limpiar la huerta que teníamos en el jardín, cuando llegó corriendo Lalo. Quitó las palas y el balde de agua de la carretilla y la condujo por todo el jardín. No había más que césped por donde él pasó, pero aun así dejó una línea de lodo por todos lados. Él vivía en la casa de junto. Sus padres trabajaban en Luvina, y nunca regresaban antes de las seis, así que pasaba el día jugando en nuestro terreno o ayudándome en la cocina. Le encantaba lavar los platos mientras yo le contaba alguna historia. Pero se notaba a leguas que prefería estar con Nath. Era su héroe. Las historias que él le contaba eran magníficas. Quizá las inventaba, pero las inventaba bien. Lalo podía estar toda la mañana tirado en el piso frío escuchando a mi esposo. Yo también podría hacerlo. A pesar de los años seguía adorándolo.
Pero como les decía; Lalo llegó hasta nosotros y dejó delicadamente la carretilla a un lado. Seguramente vio nuestras miradas y trató de ser amable después de maltratar el jardín.
-Buenos días, abuelos-, dijo Lalo. Así nos llamaba. “Abuelo”, esa palabra podía producir tanto en mí-.
-Buen día pequeño- respondió Natanael -¿qué te trae por aquí hoy?-.
-Es que no tenía nada qué hacer en casa-. Siempre ocultaba sus ganas de estar con nosotros-. Y quería saber qué has pensado sobre lo que hablamos ayer- prosiguió.
Dejé a un lado mis tijeras de jardín y miré fijamente a Nath. Volteó a verme y se giró otra vez para mirar al niño.
-Le prometí a Lalo que iríamos a dar una vuelta. Regreso en un rato, Matilde-.
Y sin más ni más se levantaron y me dejaron ahí, rodeada de plantas con las raíces de fuera.
Continué arreglando las plantas. Tenía muchas y de diversos tipos. Me entretuve toda la mañana y aún no terminaba con los arbustos. Entré a la casa y preparé la comida. Arreglé la mesa y esperé a que regresaran mi par de razones para vivir.
Llegaron directo a la mesa. Serví la comida y nos sentamos. Por supuesto, no me había creído el cuento de ir a dar la vuelta. Sabía que algo tramaban estos dos y estaba dispuesta a averiguar qué pasaba. Fui al grano; y ellos también.
-¿Me dirán qué es eso que se traen entre manos, o esperarán a que yo lo descubra, eh?-.
-Claro-dijo Lalo, aprovechando que Nath masticaba un trozo grande de carne- Es que el abuelo pondrá un pino de navidad este año-.
Pobre Natanael. Casi se ahoga.
-¿Es cierto?- Le cuestioné. La risa casi se me salía entre los dientes…entre los pocos dientes.- ¿Natanael?-.
-Sí, este año pondremos un pino. Uno grande, ¿no es así, Lalo?
-¡Sí!
- Iremos juntos a cortarlo. ¿Has visto el hacha, Matilde?
Solté una risita. Nunca había visto un hacha en casa. Vamos, somos maestros, no leñadores. La única cicatriz que Nath podría tener en la mano hubiera sido por que un gis se le resbaló mientras impartía una clase. No creo que supiera tomar un hacha, pero no lo avergonzaría ante el niño.
-Debe estar en la bodega- le dije-, o podemos conseguir una en Luvina. Aún tenemos mucho tiempo para...-
-Mañana mismo la buscaré. Ahora voy a arriba. Ese paseo con Lalo me ha dejado exhausto-.
Y así lo hizo. Dejó los platos sobre la mesa y sin siquiera despedirse de mí o del niño, tomó un libro del estante y subió al cuarto. Era obvio que no quería continuar con la conversación. Después Lalo me ayudó a lavar los platos y yo recogí la mesa. No me dijo nada respecto al pino; quizá por qué no le pregunté. Limpiamos toda la cocina y luego se fue a su casa.
Metí a la bodega todo lo que había dejado en el jardín. La bodega era muy pequeña, y con la sola vista descubrí que no había un hacha. Tendríamos que ir a Luvina a comprar una, y eso significaba que compraríamos decenas de cosas antes de llegar al pueblo y otras más en el viaje de vuelta. Pero sería divertido.
Entré a casa y subí a ver a Nath. Ya estaba dormido; sentado en el sillón de lana y con el libro abierto sobre sus piernas. Me dio tanta ternura que no quise despertarlo, así que le quité sus zapatos y le pasé una cobija. Acerqué el otro sillón hasta que pegó con el suyo. Ahí dormí yo. Quería estar junto a él. Todo el tiempo. Y pasar una noche sin sentir su cuerpo cerca del mío sería un martirio.
Al otro día desperté a Nath y no recuerdo que le dije, pero sé que le aseguré de muchas formas que le apoyaba en su esperada decisión de colocar un pino en la siguiente navidad.
Lalo no vino esa mañana, así que desayunamos solos. Apenas tragó el último trozo de pan, Nath salió directo hacia la bodega. Le miré con compasión desde la ventana. Abrió la puertecilla y entró a la bodega. En verdad, era muy pequeña. Sólo guardábamos ahí las pequeñas palas y las tijeras de jardín. La carretilla se quedaba a sol y agua (presumíamos tener el suficiente dinero ahorrado como para comprar una carretilla cada mes). Nath salió de inmediato. Se le veía la frustración en el rostro. Pobrecillo; aunque no todo estaba tan mal. Compraríamos una, y ya; asunto terminado.
Entró a la casa y se dio cuenta que los platos aún estaban sucios, y yo sentada a la mesa. Seguramente pensó que quería hablar con él, pero esta vez ese no era mi plan. Tan sólo estaba pensando. Pensando en cómo le había hecho Lalo para conseguir que mi esposo cambiara de opinión respecto a los pinos y las tradiciones indias.
-Matilde- Me dijo él, con voz temblorosa. Todo su cuerpo temblaba. Ni siquiera el día en que me pidió matrimonio estaba tan nervioso; y después de años y años de vivir tantas cosas juntos, no pensé que le vería así. Le miré hacia los ojos y crucé los brazos, asumiendo la actitud de mamá enojada, pero me arrepentí de eso cuando vi que miraba hacia el piso.
-Matilde…-prosiguió- yo…yo te he mentido-.
Su voz me derritió, así de sencillo.
-Ah, ¿si?, ¿y esperas que adivine sobre qué me has mentido, o me lo dirás tú?
-Te lo diré, te lo diré-. Se extendió las mangas (las tenía recogidas hasta el antebrazo) y metió sus manos en los bolsillos de su overol. Era tan tierno. Parecía un niño regañado.
-Verás… es sobre el árbol de navidad. Te he mentido sobre eso-.
-¿ajá?-.
-En realidad, no he tenido razones para no ponerlo; la historia sobre los indios de siux es…una mentira. Vamos, ya sabes a qué me refiero, a la historia que te he contado cada año. Pues no es verdad, fue puro invento mío.-
Solté una risa.
-¡Nath! ¿Y por eso estás tan preocupado?-
-Lo estoy. Por tantos años hemos dejado el rincón de la sala vacío cuando bien pudo haber un chaparro pino de navidad. Por eso este año tendremos uno-.
Parecía emocionado. Era un niño. Un niño de setenta y cuatro años. Creo que lloré esa mañana, no lo recuerdo. Está bien, reconozco que sí lloré. Y luego lo abracé y le prometí que compraríamos un hacha; un hacha nueva, que nunca hubiera sido usada para cortar leña, porque debía ser un hacha muy especial. Sería un hacha hermosa, y tendría mucho valor para nosotros. Valdría por setenta y cuatro años sin navidades.
Pero apenas mencioné la palabra “especial”, se despegó de mis brazos y salió enjugándose las lágrimas hacia la casa de Lalo. Creo que no habría nada más especial para él que usar el hacha de ese niño para cortar su pino de navidad. No obstante, si Lalo no había venido a desayunar con nosotros, debía haber una razón. Las únicas veces que no venía era porque no había hecho sus deberes y sus papás lo habían castigado (no había peor castigo para él que no poder salir de casa). Intenté detener a Nath, pero casi corrió hasta la puerta de los vecinos. No le alcancé, y como había comenzado a brisar, regresé al comedor para mirar desde la ventana.
El niño tardó mucho en abrir, pero mi Nath esperó con paciencia. Le chifló, le arrojó piedritas por la ventana entre abierta e hizo todo lo que pudo hasta que consiguió que Lalo saliera. Intercambiaron palabras, levantaron los brazos y quién sabe qué más hicieron. Creo que Lalo acababa de despertar, porque constantemente se frotaba la cara y no mostraba tanta atención hacia Nath. Oh…en verdad habíamos envejecido. Nath se movía de aquí para allá lentamente, mirando hacia dentro de la casa y luego señalando hacia el campo. Al fin Lalo entró a su casa y regreso con un manojo de llaves. Nath le sujeto de la camisa y caminaron bajo el agua hasta la bodega; más espaciosa que la nuestra. Entraron y de inmediato salieron con un hacha oxidada. Nath la levantó con los brazos en señal de victoria y luego abrazó al niño sin desprenderse de la herramienta. El niño bostezó y caminó de vuelta al pórtico de su casa para protegerse de la lluvia (que comenzaba a caer más fuerte), pero lanzó un gritito (al igual que yo) cuando vio que el viejo Nath subió al coche y se echó de reversa para salir a la carretera. De inmediato yo salí para ver qué estaba haciendo. Ya había salido de lo que podríamos llamar el garaje, y ahora estaba en la calle. Miré a Lalo. Estaba tan confundido como yo. Corrió hacia mí y me abrazó con fuerza.
-Abuela- me dijo, mientras se enterraba en mi chal-, ¿alguna vez has visto un pino cerca de aquí?-.
El niño también lo sabía. Nath no descansaría hasta encontrar un pino y traerlo a casa.
Pasaron las horas, pero no la lluvia. Cayó la tarde con muchas gotas. Estaba comenzando a oscurecer cuando vimos que un Volkswagen azul se acercaba. Caminé con Lalo para recibir a Nath. Y sí, colgando del pobre coche había un pino chaparrísimo. Nath apagó el auto, pero no se bajaba. Los vidrios estaban nublados y no podíamos verle. Antes de que algo más pasara, Lalo me jaló del brazo y me pidió que me inclinara para que pudiera hablarme quedo.
-Señora Matilde- inició. Nunca me había dicho así, Hasta me sentí incómoda.- Creo que fue mi culpa. Yo le dije al señor Nath que nunca era tarde ni temprano para poner un árbol de navidad. Me refería a los años, pero creo que…
-Calla, pequeño-. Le interrumpí- Nadie tuvo la culpa de nada-.
En esos momentos Nath bajó del auto. Vaya…estaba empapado. Corrí hacia él y me arrojé en sus brazos, como cuando éramos jóvenes y nos mojábamos en la cancha de la escuela donde dábamos clase. Los niños se reían de nosotros porque siempre que llovía, el profesor Nath y la profesora Math se olvidaban de todo y corrían brincando en los charcos. Pero esta vez no encontré fuerza en sus brazos. Estaba muy débil. Y pálido.
Lalo también se percató de ello y corrió a su casa para llamar a su papá (había llegado hacía un par de horas). Él era doctor.
El papá de Lalo casi arrastró a Nath hasta la casa y lo subimos a la planta alta. Lo recostó sobre la cama y regresó a su casa para traer su maletín. Pobre Nath. Se veía tan cansado. Su ropa estaba manchada de sangre, y no tardé en encontrar la herida: estaba en sus manos. Esas manos delicadas que solo sabían escribir con gis y resolver cuentas de matemáticas. Bajé a la cocina en busca de un paño limpio y ahora vi a Lalo que arrastraba el pino hasta la casa. No le dije nada. No me importaba si mojaba toda la sala, o si rasgaba el tapete que estaba en la entrada. Sabía que el pino debía estar ahí, y cuanto antes, mejor.
Subí al cuarto para ver a Nath y estuve con él toda la noche. El papá de Lalo dijo que no tenía más que un resfriado, y que las heridas en sus manos no eran profundas. No supe qué hizo Lalo, aunque estuve pensando en él toda la noche.
Por la mañana salió el sol, haciendo brillar el césped por sus gotas de rocío. Nath estaba mucho mejor; sus heridas estaban limpias y la febrícula había desaparecido. Tenía mucha hambre, así que bajé por algo de comer. Ahí me encontré con un vaso con jugo y un par de sándwiches. Miré a la sala y encontré a Lalo: arreglando el pino de navidad. ¡Jajá! ¡Parecía que él tampoco había puesto uno en toda su vida! O quizá no encontró con qué adornarlo, porque de cada rama del pino (estaba más bajito que el niño) pendían rábanos y zanahorias. Supe de inmediato que no quería mirar hacia el jardín. Aunque en realidad nada importaba. Nada excepto una cosa: la noche del 6 de junio de 1998, tuvimos un pino chaparro de navidad en casa.
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