jueves, 30 de junio de 2011

Navidades tempranas

Desde que nos conocimos me llama Matilde. Estábamos formados en la fila de los alumnos con mejor promedio de la ENSFO. Ahí hablamos por primera vez e iniciamos una conversación que ha continuado a lo largo de los cincuenta y tres años de nuestro matrimonio. Juntos impartimos clases en muchas escuelas y conseguimos transmitir algún conocimiento a decenas de niños –ese es el orgullo de cualquier profesor-. No obstante, nuestras manos gastadas y las arrugas en el rostro nos llevan a una inevitable conclusión; Natanael y yo hemos envejecido.
            Nunca tuvimos hijos. Y no porque fuésemos egoístas o algo así; más bien, creo yo, que nos amábamos tanto el uno al otro que nuestro corazón no podía abrazar a alguien más. Ni siquiera alguien que llevara nuestra sangre. Pero en aquellos días apareció “Lalo” (nuestro pequeño vecino de ojos azules) para alegrarnos en nuestra vejez.
            ¿Cómo es posible que una criatura de apenas diez años pudiera enseñarle tantas cosas a un par de ancianos disociales? Si hubiera sabido que un niño trae tanta alegría a un hogar, hace tiempo hubiera rogado por tener uno propio. Pero la llegada tardía de la luz, siempre impresiona más a los ojos; y Lalo había llegado justo en el momento de la vida cuando los ojos ya no esperan vislumbrar algo bueno.
            Este Lalo era siempre el tema de conversación cuando Nath y yo nos quedábamos solos. Por las noches sonreíamos al recordar todo lo que el niño había hecho en el día. Bueno, todo lo que nosotros sabíamos que había hecho, pues estábamos conscientes de que las aventuras más descabelladas de un crío son resueltas en lo secreto, y sólo se pueden ver sus consecuencias. Como el día en el que desaparecieron misteriosamente los canarios que compramos en Huatulco. Ese día habíamos salido de compras a Oaxaca. De nuestra casa – en Llano de Flor- hasta allá debían ser unos setenta kilómetros. Vamos, no me crean del todo; nunca fui buena para calcular distancias. Pero quiero decir que tardaríamos medio día en ir, comprar y regresar a casa. Salimos apenas salió el sol en nuestro antiguo “bocho” y nos entretuvimos viendo chucherías en cada pueblito por el que pasábamos. Ya saben, cosas de viejitos. De regreso el Volkswagen apenas andaba; repleto de fruta, miel, plantitas y dulces. Ah, y unas sandalias de cuero que Nath me compró. Quise acomodar un Jazmín de Virginia que compramos cerca de la jaula de los pajarillos cuando descubrí que la portezuela de madera estaba abierta. “Lalo”, fue lo primero que pensé. Y corroboré mis sospechas cuando encontré tres canicas azules tiradas en el pasto (Lalo colecciona las canicas azules, porque dice que son las únicas que no pierde de vista cuando juega entre la hierba). Pero nunca lo reté ni le dije nada. Lo último que quisiera en esta vida es romper el corazón del niño.

            Pues bien, luego de presentarles a Lalo y a mi esposo, les hablaré sobre algo que sucedió hace apenas dos semanas. Algo de lo más curioso.

            Natanael siempre estuvo en contra de celebrar la navidad. Jamás me dio las razones suficientes como para aceptar su decisión; simplemente era un hecho: en casa no habría cena, ni pavo, ni regalos. Mucho menos un pino de navidad. Quizá era por su orgullo nacional y su refreno a aceptar tradiciones extranjeras. Una vez me dijo que eso del pino y los regalos era una tradición de los indios norteamericanos.

            Pero este año algo muy distinto ocurrió. Sí, y Lalo tenía mucho que ver.
            El martes antepasado Nath me estaba ayudando a limpiar la huerta que teníamos en el jardín, cuando llegó corriendo Lalo. Quitó las palas y el balde de agua de la carretilla y la condujo por todo el jardín. No había más que césped por donde él pasó, pero aun así dejó una línea de lodo por todos lados. Él vivía en la casa de junto. Sus padres trabajaban en Luvina, y nunca regresaban antes de las seis, así que pasaba el día jugando en nuestro terreno o ayudándome en la cocina. Le encantaba lavar los platos mientras yo le contaba alguna historia. Pero se notaba a leguas que prefería estar con Nath. Era su héroe. Las historias que él le contaba eran magníficas. Quizá las inventaba, pero las inventaba bien. Lalo podía estar toda la mañana tirado en el piso frío escuchando a mi esposo. Yo también podría hacerlo. A pesar de los años seguía adorándolo.

            Pero como les decía; Lalo llegó hasta nosotros y dejó delicadamente la carretilla a un lado. Seguramente vio nuestras miradas y trató de ser amable después de maltratar el jardín.

            -Buenos días, abuelos-, dijo Lalo. Así nos llamaba. “Abuelo”, esa palabra podía producir tanto en mí-.
            -Buen día pequeño- respondió Natanael -¿qué te trae por aquí hoy?-.
            -Es que no tenía nada qué hacer en casa-. Siempre ocultaba sus ganas de estar con nosotros-. Y quería saber qué has pensado sobre lo que hablamos ayer- prosiguió.
            Dejé a un lado mis tijeras de jardín y miré fijamente a Nath. Volteó a verme y se giró otra vez para mirar al niño.  
            -Le prometí a Lalo que iríamos a dar una vuelta. Regreso en un rato, Matilde-.
Y sin más ni más se levantaron y me dejaron ahí, rodeada de plantas con las raíces de fuera.
            Continué arreglando las plantas. Tenía muchas y de diversos tipos. Me entretuve toda la mañana y aún no terminaba con los arbustos. Entré a la casa y preparé la comida. Arreglé la mesa y esperé a que regresaran mi par de razones para vivir.
            Llegaron directo a la mesa. Serví la comida y nos sentamos. Por supuesto, no me había creído el cuento de ir a dar la vuelta. Sabía que algo tramaban estos dos y estaba dispuesta a averiguar qué pasaba. Fui al grano; y ellos también.
            -¿Me dirán qué es eso que se traen entre manos, o esperarán a que yo lo descubra, eh?-.  
            -Claro-dijo Lalo, aprovechando que Nath masticaba un trozo grande de carne- Es que el abuelo pondrá un pino de navidad este año-.
           
Pobre Natanael. Casi se ahoga.
-¿Es cierto?- Le cuestioné. La risa casi se me salía entre los dientes…entre los pocos dientes.- ¿Natanael?-.
-Sí, este año pondremos un pino. Uno grande, ¿no es así, Lalo?
-¡Sí!
- Iremos juntos a cortarlo. ¿Has visto el hacha, Matilde?
           
            Solté una risita. Nunca había visto un hacha en casa. Vamos, somos maestros, no leñadores. La única cicatriz que Nath podría tener en la mano hubiera sido por que un gis se le resbaló mientras impartía una clase. No creo que supiera tomar un hacha, pero no lo avergonzaría ante el niño.
            -Debe estar en la bodega- le dije-, o podemos conseguir una en Luvina. Aún tenemos mucho tiempo para...-
            -Mañana mismo la buscaré. Ahora voy a arriba. Ese paseo con Lalo me ha dejado exhausto-.
            Y así lo hizo. Dejó los platos sobre la mesa y sin siquiera despedirse de mí o del niño, tomó un libro del estante y subió al cuarto. Era obvio que no quería continuar con la conversación. Después Lalo me ayudó a lavar los platos y yo recogí la mesa. No me dijo nada respecto al pino; quizá por qué no le pregunté. Limpiamos toda la cocina y luego se fue a su casa.

            Metí a la bodega todo lo que había dejado en el jardín. La bodega era muy pequeña, y con la sola vista descubrí que no había un hacha. Tendríamos que ir a Luvina a comprar una, y eso significaba que compraríamos decenas de cosas antes de llegar al pueblo y otras más en el viaje de vuelta. Pero sería divertido.
            Entré a casa y subí a ver a Nath. Ya estaba dormido; sentado en el sillón de lana y con el libro abierto sobre sus piernas. Me dio tanta ternura que no quise despertarlo, así que le quité sus zapatos y le pasé una cobija. Acerqué el otro sillón hasta que pegó con el suyo. Ahí dormí yo. Quería estar junto a él. Todo el tiempo. Y pasar una noche sin sentir su cuerpo cerca del mío sería un martirio.

            Al otro día desperté a Nath y no recuerdo que le dije, pero sé que le aseguré de muchas formas que le apoyaba en su esperada decisión de colocar un pino en la siguiente navidad.
            Lalo no vino esa mañana, así que desayunamos solos. Apenas tragó el último trozo de pan, Nath salió directo hacia la bodega. Le miré con compasión desde la ventana.  Abrió la puertecilla y entró a la bodega. En verdad, era muy pequeña. Sólo guardábamos ahí las pequeñas palas y las tijeras de jardín. La carretilla se quedaba a sol y agua (presumíamos tener el suficiente dinero ahorrado como para comprar una carretilla cada mes). Nath salió de inmediato. Se le veía la frustración en el rostro. Pobrecillo; aunque no todo estaba tan mal. Compraríamos una, y ya; asunto terminado.
            Entró a la casa y se dio cuenta que los platos aún estaban sucios, y yo sentada a la mesa. Seguramente pensó que quería hablar con él, pero esta vez ese no era mi plan. Tan sólo estaba pensando. Pensando en cómo le había hecho Lalo para conseguir que mi esposo cambiara de opinión respecto  a los pinos y las tradiciones indias.

            -Matilde- Me dijo él, con voz temblorosa. Todo su cuerpo temblaba. Ni siquiera el día en que me pidió matrimonio estaba tan nervioso; y después de años y años de vivir tantas cosas juntos, no pensé que le vería así. Le miré hacia los ojos y crucé los brazos, asumiendo la actitud de mamá enojada, pero me arrepentí de eso cuando vi que miraba hacia el piso.
            -Matilde…-prosiguió- yo…yo te he mentido-.
            Su voz me derritió, así de sencillo.
            -Ah, ¿si?, ¿y esperas que adivine sobre qué me has mentido, o me lo dirás tú?
            -Te lo diré, te lo diré-. Se extendió las mangas (las tenía recogidas hasta el antebrazo) y metió sus manos en los bolsillos de su overol. Era tan tierno. Parecía un niño regañado.
            -Verás… es sobre el árbol de navidad. Te he mentido sobre eso-.
            -¿ajá?-.
            -En realidad, no he tenido razones para no ponerlo; la historia sobre los indios de siux es…una mentira. Vamos, ya sabes a qué me refiero, a la historia que te he contado cada año. Pues no es verdad, fue puro invento mío.-
            Solté una risa.
            -¡Nath! ¿Y por eso estás tan preocupado?-
            -Lo estoy. Por tantos años hemos dejado el rincón de la sala vacío cuando bien pudo haber un chaparro pino de navidad. Por eso este año tendremos uno-.
           
Parecía emocionado. Era un niño. Un niño de setenta y cuatro años. Creo que lloré esa mañana, no lo recuerdo. Está bien, reconozco que sí lloré. Y luego lo abracé y le prometí que compraríamos un hacha; un hacha nueva, que nunca hubiera sido usada para cortar leña, porque debía ser un hacha muy especial. Sería un hacha hermosa, y tendría mucho valor para nosotros. Valdría por setenta y cuatro años sin navidades.
            Pero apenas mencioné la palabra “especial”, se despegó de mis brazos y salió enjugándose las lágrimas hacia la casa de Lalo. Creo que no habría nada más especial para él que usar el hacha de ese niño para cortar su pino de navidad. No obstante, si Lalo no había venido a desayunar con nosotros, debía haber una razón. Las únicas veces que no venía era porque no había hecho sus deberes y sus papás lo habían castigado (no había peor castigo para él que no poder salir de casa). Intenté detener a Nath, pero casi corrió hasta la puerta de los vecinos. No le alcancé, y como había comenzado a brisar, regresé al comedor para mirar desde la ventana.
            El niño tardó mucho en abrir, pero mi Nath esperó con paciencia. Le chifló, le arrojó piedritas por la ventana entre abierta e hizo todo lo que pudo hasta que consiguió que Lalo saliera. Intercambiaron palabras, levantaron los brazos y quién sabe qué más hicieron. Creo que Lalo acababa de despertar, porque constantemente se frotaba la cara y no mostraba tanta atención hacia Nath. Oh…en verdad habíamos envejecido. Nath se movía de aquí para allá lentamente, mirando hacia dentro de la casa y luego señalando hacia el campo. Al fin Lalo entró a su casa y regreso con un manojo de llaves. Nath le sujeto de la camisa y caminaron bajo el agua hasta la bodega; más espaciosa que la nuestra. Entraron y de inmediato salieron con un hacha oxidada. Nath la levantó con los brazos en señal de victoria y luego abrazó al niño sin desprenderse de la herramienta. El niño bostezó y caminó de vuelta al pórtico de su casa para protegerse de la lluvia (que comenzaba a caer más fuerte), pero lanzó un gritito (al igual que yo) cuando vio que el viejo Nath subió al coche y se echó de reversa para salir a la carretera. De inmediato yo salí para ver qué estaba haciendo. Ya había salido de lo que podríamos llamar el garaje, y ahora estaba en la calle. Miré a Lalo. Estaba tan confundido como yo. Corrió hacia mí y me abrazó con fuerza.
            -Abuela- me dijo, mientras se enterraba en mi chal-, ¿alguna vez has visto un pino cerca de aquí?-.
            El niño también lo sabía. Nath no descansaría hasta encontrar un pino y traerlo a casa.
            Pasaron las horas, pero no la lluvia. Cayó la tarde con muchas gotas. Estaba comenzando a oscurecer cuando vimos que un Volkswagen azul se acercaba. Caminé con Lalo para recibir a Nath. Y sí, colgando del pobre coche había un pino chaparrísimo. Nath apagó el auto, pero no se bajaba. Los vidrios estaban nublados y no podíamos verle. Antes de que algo más pasara, Lalo me jaló del brazo y me pidió que me inclinara para que pudiera hablarme quedo.
            -Señora Matilde- inició. Nunca me había dicho así, Hasta me sentí incómoda.- Creo que fue mi culpa. Yo le dije al señor Nath que nunca era tarde ni temprano para poner un árbol de navidad. Me refería a los años, pero creo que…
            -Calla, pequeño-. Le interrumpí- Nadie tuvo la culpa de nada-.
            En esos momentos Nath bajó del auto. Vaya…estaba empapado. Corrí hacia él y me arrojé en sus brazos, como cuando éramos jóvenes y nos mojábamos en la cancha de la escuela donde dábamos clase. Los niños se reían de nosotros porque siempre que llovía, el profesor Nath y la profesora Math se olvidaban de todo y corrían brincando en los charcos. Pero esta vez no encontré fuerza en sus brazos. Estaba muy débil. Y pálido.
            Lalo también se percató de ello y corrió a su casa para llamar a su papá (había llegado hacía un par de horas). Él era doctor.
            El papá de Lalo casi arrastró a Nath hasta la casa y lo subimos a la planta alta. Lo recostó sobre la cama y regresó a su casa para traer su maletín. Pobre Nath. Se veía tan cansado. Su ropa estaba manchada de sangre, y no tardé en encontrar la herida: estaba en sus manos. Esas manos delicadas que solo sabían escribir con gis y resolver cuentas de matemáticas. Bajé a la cocina en busca de un paño limpio y ahora vi a Lalo que arrastraba el pino hasta la casa. No le dije nada. No me importaba si mojaba toda la sala, o si rasgaba el tapete que estaba en la entrada. Sabía que el pino debía estar ahí, y cuanto antes, mejor.
            Subí al cuarto para ver a Nath y estuve con él toda la noche. El papá de Lalo dijo que no tenía más que un resfriado, y que las heridas en sus manos no eran profundas. No supe qué hizo Lalo, aunque estuve pensando en él toda la noche.

            Por la mañana salió el sol, haciendo brillar el césped por sus gotas de rocío. Nath estaba mucho mejor; sus heridas estaban limpias y la febrícula había desaparecido. Tenía mucha hambre, así que bajé por algo de comer. Ahí me encontré con un vaso con jugo y un par de sándwiches. Miré a la sala y encontré a Lalo: arreglando el pino de navidad. ¡Jajá! ¡Parecía que él tampoco había puesto uno en toda su vida! O quizá no encontró con qué adornarlo, porque de cada rama del pino (estaba más bajito que el niño) pendían rábanos y zanahorias. Supe de inmediato que no quería mirar hacia el jardín. Aunque en realidad nada importaba. Nada excepto una cosa: la noche del 6 de junio de 1998, tuvimos un pino chaparro de navidad en casa.

miércoles, 22 de junio de 2011

sábado, 16 de abril de 2011

El joven y el Pollito

Cruzando la calle que estaba enfrente del granero de Don Juan, había una tienda. De esas tiendas que hay por todos lados. La pared estaba pintada de color blanco, y por cierto ya estaba muy sucia, pues el lodo de la calle era salpicado día a día por el camión que salía del pueblo. Tenía varios anuncios colocados a la derecha de la puerta. Algunos promocionando frituras y otros más eran avisos que el dueño de la tienda colocaba de vez en cuando, ofreciendo algunos objetos que vendía.
            Ahí, justo enfrente de esa tienda descuidada de un pueblo aún más descuidado que la tienda, se desarrolla esta breve historia.
“Pollón” salió como siempre de la granja. Caminó sobre sus dos patas hasta llegar a la cerca y ahí se detuvo, contemplando los nidos de las otras aves que colgaban de las ramas del único árbol que alcanzaba a ver con sus pequeños ojos de pollo. Agitó sus alas, estirándose después de haber dormido casi toda la tarde, y continuó su camino. Avanzando a tropezones –pues el sueño aún no se apartaba de sus ojos-, consiguió llegar a la tienda.
            Por si no lo sabes, para un pollo no hay algo mejor que ir a una tienda. Ahí podrá encontrar, si bien le va, algunas sabritas regadas en la entrada o algún dulce extraviado debajo del mostrador. A Pollón, en particular, le atraían los dulces. Y justo cuando iba entrando a la tienda observó que había una caja de dulces de menta regada en el piso. Los dulces de menta eran sus favoritos, así que no sólo tomaría uno o dos, haría varios viajes hasta llenar su pequeña despensa de dulces mentosos.
            Pollón, como verás, estaba muy emocionado. Se dedicó de lleno a su labor y ni siquiera se dio cuenta que el sol ya comenzaba a desaparecer en el horizonte, allá, detrás de las últimas casas del pueblo.
            Y así como no vio que el sol se preparaba para descansar sobre las montañas, tampoco percibió al jovenzuelo que venía caminando directo hacia él: con un costal grasiento en la mano. Pollón estaba perdidamente  concentrado en su tarea, imaginándose a él mismo comiendo dulces toda la noche.
            Te describiré al jovenzuelo. No medía más que yo pero tampoco menos que tú. Tenía colocado sobre su cabeza un pequeño sombrero de paja, y vestía una camisa amarilla, que hacía juego con el sombrero y el costal, amarillos también. Su piel era muy oscura, como el café que toma mamá Aure. En realidad no podríamos decir que tenía un buen aspecto. Si lo hubieras visto hubieras salido corriendo, a no ser que estuvieras tan ocupado como Pollón. En fin, así era el joven.
El muchacho caminó despacio hasta el pollito y se quedó un rato mirando cómo sostenía los dulces con su pico. Soltó una risa y tomó a Pollón con la mano que tenía libre. Pollón soltó el  dulce e intentó agitar sus alas, pero estaba bien sujeto por la mano de color oscuro que lo sujetaba con fuerza, lo que en verdad le lastimaba. El joven –tal vez te dé asco lo que sigue, pero así fue- soltó el costal grasiento y levantó el dulce del piso. Y bueno, ya te imaginarás…sí, se lo echó a la boca y lo mordisqueó sin modal alguno. Miró a Pollón y le dijo: Vaya, pollo travieso, ¿con que te gustan los dulces de menta, eh? – Mientras le mostraba algunos trozos del dulce que mantenía en la boca-. Pollón lo miró y le respondió: Bueno, mi amigo, por lo que veo a ti también.-  Pollón intentaba ser amable, quien sabe por qué. Seguramente no había visto el costal en el piso y los ojos del muchacho que brillaban de felicidad, pues tenía entre sus manos la cena de esa noche. El muchacho levantó el costal del piso, sin más ni más y cuando iba a meter a Pollón, Pollón alcanzó a decir:
-¡oh, no lo hagas! ¡Por favor, déjame ir!- Ya había comprendido la situación, y su corazoncito de pollo había comenzado a agitarse demasiado, tanto que Pollón apenas podía articular sus palabras.- Vamos, haré lo que me pidas, pero déjame ir-.
El muchacho, que al principio parecía resuelto a ignorar al animal, finalmente cedió. Colocó a Pollón en el escalón de la tienda y le propuso un trato. Jugarían a las adivinanzas. Cada uno diría una adivinanza, y aquel que fallara en la respuesta decidiría el futuro de ambos. Pollón aceptó –pues no tenía otra opción- y el joven comenzó el juego.
-“Entre más le quitas, más grande es, ¿qué es? – dijo el muchacho, orgulloso de haber permanecido un tiempo extra en su trabajo, escuchando los mejores acertijos.
Pollón rió, pues después de ir todos los días a la tienda había escuchado esa gastada adivinanza.
-Es un agujero- respondió- Y es mi turno:
-“Agua pasa por mi casa, cate de mi corazón, si no me lo adivinas, muchacho, se te partirá el corazón”-.
El joven respondió de inmediato con la respuesta que ya conoces. Y lanzó la siguiente adivinanza:
-“Ciudadano muy mirado, moderno camaleón,
Subido en tu árbol cambias de color”-
Pollón se quedó pasmado, pues nunca había escuchado esa adivinanza. En su mente recordó muchas cosas, pero ninguna parecía ser la respuesta. Pensó y pensó, pero no encontraba algo que cambiara de color, que fuera muy mirado y que estuviera en lo alto de un…
-¡El semáforo!- Gritó Pollón. El joven se sorprendió de que un pollo de granja conociera la respuesta, pero aceptó su respuesta y se dispuso a escuchar la siguiente adivinanza.
-“La puerta del granero está en la parte de atrás,
-¿de atrás y no de adelante, como todos los demás?-
De atrás, os digo, y os pido que no me preguntéis más.
Si no descifras mis palabras, confusión tan solo tendrás;
Mi buen y joven amigo, ya veo que hoy no cenarás”-

Pollón sonrió, pues él mismo se había asombrado de la solemnidad con la que dijo la adivinanza. Miró al joven, y de inmediato guardó su risa, pues lo que vio en su rostro no era nada agradable. El joven lo miraba profundamente. Aunque en realidad no veía a Pollón, sino que se había quedado absorto con el enigma y herido con lo de “…Mi buen y joven amigo, ya veo que hoy no cenarás”. No se daría por vencido de una vez.
            El tiempo pasó, el sol se metió, la luna salió, un ave cantó y la tienda…ah…  bueno, la tienda se cerró. Pero el jovenzuelo no tenía la respuesta. Se movía para todos lados, pensando y pensando, ¿en qué? No lo sé, quizá en la respuesta o quizá en cómo llevarse a Pollón a pesar de haber perdido. Creo que esta última es la opción más acertada.
Pollón –que ya se había sentado sobre una piedra- se levantó y se estiró, pero antes de que pudiera dar un paso sintió un apretón en todo su cuerpo: era la mano de color oscuro. Pollón no pudo decir nada, pues el joven tan sólo lo levantó del piso y sin dudarlo lo metió en el costal. Pollón sintió náuseas mientras daba vueltas. El joven, como si no hubiera perdido el juego y roto el trato, se echó el costal al hombro y caminó por la oscuridad que ahora cubría el camino, con la luz tenue de la luna y las estrellas que caía con gracia por los llanos.
El joven, después de un rato, llegó a su casa. Se quitó sus zapatos sucios, se despojó de su sombrero, se quitó su camisa sudada y se tendió sobre la cama que había estado des tendida desde siempre. Después de eso se quedó profundamente dormido, pues no encontró nada para cenar…

viernes, 15 de abril de 2011

¿Escape?

En la cocina de cierta casa, vivía una cucaracha que se llamaba Tina. Era la cucaracha más bella que te puedas imaginar. Sus patas color café claro y con vellitos amarillos se movían a la par de sus antenas, que eran negras con manchas cafés.
            Como ya te imaginarás Tina no salía de su escondite durante todo el día; pero apenas comenzaba a oscurecer, asomaba sus antenas y examinaba toda la cocina. Un mínimo error y le costaría la vida. Cuando ya estaba segura de que no había nadie alrededor, salía caminando. Su meta: la mesa principal, donde de seguro encontraría algo de comer.

La camina desde su escondite hasta la mesa era toda una travesía... primero debía, como ya saben, asomar la cabeza con cuidadito; mirar hacia la izquierda, luego a la derecha... después sacar sus patas una por una. Ya que todo su cuerpo estaba a fuera, debía correr sigilosamente hacia un muro, enfrente de su escondite donde había un hoyito –hecho por las antiguas generaciones-,  ahí se metía de nuevo esperando que no lo viera el perro de la casa. Uy… porque si lo hacía
ladraba de tal manera que todos en la casa fijaban sus ojos a la cosa con la que el perro se alteraba, que era nada más y nada menos que nuestra amiga Tina. Con “Ron-ron”, el gato, no tenía problemas, pues hace un par de semanas habían consolidado su amistad.
            Después de haber cruzado con éxito el puesto de vigilancia del perro, Tina tenía el camino libre hacia la mesa. Subía por la única pata de madera que la sostenía y después se sujetaba del mantel. Escalaba con mucho esfuerzo y entonces... disfrutaba de toooooda la comida que quisiera.

            Un día común y corriente Tina escuchó que la familia de la casa platicaba muy muy contenta, más contenta de lo normal, y a la vez le llegó un aroma que la cautivó. ¡Era tan delicioso!!!! No podía esperara a saber que era. Se decía una y otra vez "Deben terminar pronto de platicar, irse a la cama y seguramente dejarán alguna sobra de aquello que huele tan bien". Pero por más que lo intentó no pudo aguantar las ganas de saber de qué se trataba. Asomó su cabeza con extrema cautela, trepó por el poste enfrente de su escondite, hasta que pudo ver aquel platillo delicioso. ¿Qué crees que era? ¡Exacto! Tina se quedó boquiabierta saboreando desde lo lejos el platillo, pero pronto su atención se desvió a la conversación. El joven Pedro era el segundo hijo de la familia y había terminado su carrera de Chef -¡Un chef sensacional! Él había preparado el platillo-. Planeaba entonces abrir un restaurant en su casa.

-Mamá- dijo Pedro- el problema es que para abrirlo, la casa debe estar libre de cualquier tipo de plaga o insecto; los inspectores vienen la próxima semana a averiguar si todo está bien, pero yo he visto alguna cucaracha por aquí, y si sigue aquí para entonces ¡no me darán el permiso! Tenemos que fumigar antes de la próxima semana.

            El corazón de Tina dio un vuelco y sus antenas decayeron. Con las patas temblorosas, buscó un escondite cercano y se sentó allí, sintiendo el incesante latir de su corazón sobre su pecho. La idea del restaurant la había emocionado al principio, pero aquellas palabras que Pedro mencionó al final... le habían dado una verdadera razón para preocuparse. Fumigar... el final de cualquier cucaracha o insecto de la cocina. ¿Y ahora cómo haría para salir de la casa y subsistir en un mundo callejero lleno de peligros?  Pensando en todo esto, Tina cerró los ojos y se quedó profundamente dormida. Cuando despertó, la luz ya estaba apagada y el suave aroma del aperitivo ya no flotaba en el aire. Tina se levantó, con la esperanza de que todo fuera un sueño, pero al ver la tarjeta de presentación de " Fumigaciones del golfo " supo que no estaba soñando. Descendió de su escondite y regreso a su habitación, allá, detrás de unas vasijas olvidadas en un mueble. Pensó qué hacer, pero no tenía ánimo para planear su huida. Tina comenzó a inquietarse y su sangre corría con velocidad por todo su cuerpo. Una lágrima salió de uno de sus ojos y se deslizó por los pelitos amarillos de sus patas. Ella había nacido ahí y ahí había crecido. La cocina era su vida. Se puso derecha, se secó la lágrima y exhaló. – Debo hacer algo- se dijo a sí misma-, nunca he salido de este lugar, pero Ron-ron  sí; además, no creo que un cheff necesite de un gato como este, así que él también debe buscar una solución. Tina salió de su escondite otra vez. Yendo de rincón en rincón, escondiéndose, buscaba al gato por toda la casa, “¿dónde estará, pues? Tina corría de un cuarto al otro, hasta que ya cansada trepó por una ventana que daba  a la  calle para ver si de casualidad Ron-ron no estuviera afuera,  rondando por ahí. Pero vaya sorpresa!  Vio como Pedro estaba regalando al gato a una familia que se mudaba a una ciudad cercana - ¡No puede ser peor! ahora nadie puede ayudarme, y además ¡yo quiero mucho al gato! ¡Somos amigos! - .  Con todo y confusión, Tina pensó rápidamente qué hacer. Se dio cuenta que la ventana estaba un poco abierta y no lo pensó dos veces: era ahora o nunca. Salió por la ventana y brincó hacia un tubo vertical que llevaba el agua de la azotea hasta el piso. Se sujetó como pudo del metal tan frío y bajó con rapidez. Cuando llegó al piso vio que Ron-ron  estaba sentado ahí cerca y le lanzó un gritito.
-Hey Ron-ron- Dijo Tina- ¡llévame contigo! ¡aquí moriré! Y aún si no muriera, no soportaría estar sin ti-. Ron- ron  sonrió y le hizo señas a Tina para que fuera hasta él y la metió en casita de plástico donde viajarían.
            Ya adentro, y feliz de estar con su amigo, se acurrucó sobre el pelo del gato y se dio la siguiente conversación: Bueno, te agradezco  que me hayas permitido venir contigo- dijo Tina- No tienes nada que agradecer- respondió Ron- ron.
Tina sonrió y le dijo: “A todo esto, ¿qué sabes de la nueva casa a dónde vamos?”
Ron- ron suspiró y le dijo: “Bueno, en realidad no mucho. Solo sé que viviremos en un restaurant. ¿No es grandioso? Tendremos de la mejor comida, y además, estará muy limpia, pues tengo entendido que ahí fumigan dos veces por mes, y que cumplen las normas más altas de calidad…


FIN


Abril, 2011

viernes, 1 de abril de 2011

CUANDO LOS SUEÑOS COMIENZAN A HACERSE REALIDAD: CERVANTINO, EL TÍTERE.

Déjenme comentarles, mis niños, que la historia que hoy escucharán se desarrolla en alguna parte del bosque que ya es medianamente conocido por ustedes.  Aunque aún no decido el nombre de dicho bosque, lo que nos importa por el momento es saber que es el mismo bosque donde vive el músico Sam, con su violín; Violeta, la niña que canta con los animales; los osos que siempre se portan bien y aquellos animales de los cuales todavía no contamos sus anécdotas.
            El bosque es muy grande, y ahora que es primavera todo es verde y de colores, pues las hojas de los árboles crecen con rapidez y las flores han estirado sus pétalos después de la larga siesta del invierno.
            En cierta parte del bosque, hay una carpintería. Es una vieja cabaña hecha toda de madera de pino y techada con tejas de color rojo opaco. En esta cabaña vivía un viejo títere. Era de color rojo y tenía un gorrito azul marino que a su vez tenía colocada una pluma de ganso. Portaba un sweater color blanco como la leche.  Sus ojos eran color café claro, sus zapatos eran de color azul tan pero tan fuerte que hasta lastimaba la vista. También usaba unos lentes. 
Sin embargo, Cervantino – como se llamaba el títere-, tenía un pequeño inconveniente: Sí, era verdad; sus diferentes tonos de rojo en su cuerpo cepillado lo hacían verse como todo un…pillín, y qué decir de su sweater blanco como la leche. Pero el problema de Cervantino era que no tenía hilos.  ¿Pueden imaginarse un  títere sin hilos?¿qué podía hacer, sino permanecer por siempre ahí sentado, en el fondo de un viejo armario?
            Cervantino ya tenía mucho tiempo así, inmóvil. No conocía más que el pequeño armario donde un carpintero lo había guardado hace mucho tiempo atrás. No conocía a los animales del bosque, ni a las personas. Ni siquiera conocía el fragante olor a cedro que invadía el resto de la carpintería. En una frase: Cervantino estaba triste.
            Un buen día – grandioso día-, un carpintero entró en el local y comenzó a trabajar. Encendió los viejos motores de las máquinas, lanzó un poco de pintura al aire con la compresora, lijó algunos muebles y martilló uno que otro clavo. Se detuvo por un momento para descansar de su trabajo –que ya le había ocupado toda la mañana- y decidió recorrer toda la carpintería en búsqueda de cualquier cosa interesante. Caminó observando los estantes, contemplando algunas figurillas inconclusas hechas también de madera y después se detuvo frente al armario, la casa de Cervantino. El corazón de roble de Cervantino latió con una extraña fuerza mientras las manos callosas del viejo carpintero abrían con suavidad la puertecilla. El aire fresco abrillantó los colores del pequeño títere y le devolvió la sonrisa en su rostro. El carpintero lo tomó con mucho cuidado y lo levantó para verlo con la luz que se filtraba a través de la polvosa ventana. Lo miró con detenimiento, examinando cada detalle y sintiendo la textura de la madera. Sonrió ampliamente y se dirigió con el muñeco hacia el cuarto de trabajo.
            El carpintero tomó algunos listones de colores y los amarró en las argollas que Cervantino tenía en la espalda. Hasta ese momento, Cervantino no había mencionado una sola palabra, pero cuando los listones de ceda se deslizaron rozando su piel, no pudo evitar soltar una risita, que motivó al anciano.
            En pocos minutos, Cervantino estaba renovado. Tenía hilos nuevos y aún una nueva capa de esmalte sobre su cuerpo. El carpintero resultó ser muy hábil para manejarlo y pasó toda la tarde haciendo movimientos a los que Cervantino no estaba acostumbrado. No obstante, después de rechinar por unas horas, Cervantino recuperó su agilidad y logró moverse como todo una marioneta de circo.
            Llegó la hora en la que Roger – el carpintero- debía volver a casa para cenar con su esposa. Cervantino creyó que volvería a estar solo, pero Roger resultó ser un gran amigo. Lo envolvió en un retazo de ceda para que no se resfriara con el frío de la noche y lo llevó a su hogar. Cervantino consiguió asomar su cabeza de entre los dobleces de la tela y quedó absorto al contemplar, aún en la oscuridad de la noche, el bello bosque al que tanto había deseado conocer. Pudo escuchar la voz de Violeta, que a lo lejos cantaba mientras caminaba de vuelta a casa y las últimas notas del violín de Sam. –Algún día sabré de dónde vienen esos sonidos-  pensaba el títere.
            Cuando llegaron a la casa de Roger, Cervantino fue presentado a la familia, es decir a la esposa de Roger. Le dieron de cenar y lo colocaron junto a la chimenea para que durmiera con el calor del fuego. Cuando apagaron las luces, la tenue luz que despedían los carbones encendidos aún iluminaba la sala. Cervantino tomó los listones que tenía sujetos a la espalda y los observó. ¿Cómo es que un carpintero desconocido había hecho que sus sueños comenzaran a hacerse realidad? Pensando en todo esto, Cervantino cerró los ojos y se quedó profundamente dormido. No sabía que pasaría después, pero los hilos que abrazaban sus dedos le decían que lo mejor estaba por comenzar.

Abril, 2011            

sábado, 26 de marzo de 2011

¡Feliz Cumpleaños Juda!

Violeta era una niña que gustaba de salir a caminar por el bosque que se encontraba enfrente de su casa. Era un bosque muy grande y bonito. En él vivían muchos árboles, animales, flores y demás. En medio del bosque corría un río, junto del cual había una piedra donde un tal Sam del bosque –que quizá ustedes ya conozcan- se paraba y jugaba con su violín hecho de corteza de árbol y retazos de hojas, mientras que los animales se reunían a su alrededor para deleitarse con la música. Cada vez que podía conseguir el permiso de sus papás, Violeta caminaba por los senderos del bosque hasta llegar al río para estar en medio de los animales, que danzaban desordenados. A veces, Violeta cantaba alguna canción, entonces los animales se acurrucaban en la hierba para escucharla. Pero claro, los pajarillos permanecerían revoloteando y silbando por encima de Violeta.
            Cierto día, recién comenzada la primavera, Violeta se levantó de su cama –aún un poco dormida- y caminó hacia la ventana. El poco sueño que aún arrastraba, se disipó cuando recordó que ese era un día muy especial. Violeta miró hacia el cielo y lanzó un grito -¡Hoy es mi cumpleaños!-.
            Un colibrí que iba volando cerca de la casa recibió el grito casi en el oído – éste colibrí sí tenía oído- y estuvo a punto de desplomarse sobre el piso. Espantado, voló hacia el bosque, y cuando llegó al primer árbol, recordó las palabras que había escuchado. -¡Oh! ¡Hoy es el cumpleaños de Violeta! –Se dijo a sí misma el ave- tengo que decírselo a los demás. Voló por el bosque anunciando la noticia y los animales se reunieron rápidamente en la piedra de Sam.
-¿Porqué no le hacemos un pastel?- dijo una oveja, aunque su voz no fue muy apreciada por las demás voces roncas que se escuchaban.
- Deberíamos de inventarle una canción- dijo Sam del bosque, mientras comenzaba a tocar su violín, el cual fue enmudecido por el ala del colibrí.
-Oigan- anunció una pequeña mariposa de colores- , Se me acaba de ocurrir una idea…

            Después de hacer los deberes en su casa, Violeta se colocó su sombrero morado y salió, dispuesta a caminar por los senderos del bosque. Caminó y caminó hasta llegar cerca del rio, y se sorprendió de no oír el murmullo proveniente de la música. Cuando llegó a la piedra de Sam, sus ojos no podían creer lo que veían, o mejor dicho, lo que no veía. No había animales, ni música ni danzas. -¿Qué habrá ocurrido aquí?- pensó Violeta. Volteó hacia el piso y vio una pequeña hoja de árbol que tenía escrito lo siguiente:
“Violeta: Siento mucho molestarte, pero hoy debí salir de casa y dejé solos a mis quince hijos. Creí que tú podrías darles algo de comer y contarles un cuento. Gracias, eres muy amable. Atentamente, la mamá Osa.”
            Apenas leyó el mensaje, Violeta tomó el sendero que conducía a la gran casa de los osos y se apresuró por llegar antes de que los pequeños ositos hicieran destrozos. Para su sorpresa, los ositos estaban bien sentaditos y esperaban su llegada, ansiosos de escuchar un cuento. Violeta se sintió aliviada cuando vio cerca de ella un folder que contenía muchos cuentos. Tomó uno y comenzó a leerlo.
            El cuento se llamaba “Feliz cumpleaños Juda”. Y aunque te parezca extraño, las hojas que tomó Violeta de aquél folder, son las mismas que ahora tiene Judá en sus manos.
            Mientras Violeta leía el cuento, una pequeña mariposa entró al cuarto donde estaban y la abrazó con fuerza, mientras le decía “Feliz cumpleaños Judá”. Inmediatamente, entró un venado, trayendo consigo un helado. Después de él, entró una cigarra, tocando con fuerza una guitarra.
Para sorpresa de Judá, perdón, de Violeta, después de la mariposa, el vendo y la cigara entraron muchos animales cantando las mañanitas y batiendo las palmas. La abrazaron y todos rieron. Tal vez no le dieron muchos regalos, pero estaban ahí, para agradecer a Dios el regalo de la vida. Un año más en esta tierra, un día más en su presencia.
Y colorín colorado, esta fiesta no ha acabado.
 ;)
 marzo,2011

viernes, 18 de marzo de 2011

Problemas para salir

Junto a la casa de José vivía un conejito que se llamaba Robin. Pero Robin no era como los conejos que conocemos.  A Robin no le gustaba salir de casa. No le gustaba brincar en la hierba o comer zanahorias al caer el sol. No, Robin más bien parecía una hormiga que un conejo. ¡Una hormiga gigantesca, has de estar pensando! ¿Sabes por qué? Porque Robin decidió recolectar zanahorias y semillas y almacenarlas en su madriguera. Trabajó muy duro durante toda la primavera pasada –hay que reconocerlo-, así que consiguió recolectar una buena cantidad de víveres. Robin tenía su casa llena de zanahorias y semillas.
                Cuando Robin consideró que ya tenía suficientes víveres como para nunca más salir al mundo exterior; entró en su casa, cerró la puerta tras de sí y puso tres candados, para que nadie más pudiera entrar.  Prendió una pequeña lámpara y se recostó en su cama. Su cama  tenía una colcha que tenía dibujadas cientos de zanahorias. Sobre la cama había dos cojines en forma de zanahoria y claro, clavado en la pared había un cuadro de una zanahoria pintada al óleo.
-Al fin estoy solo en mi hogar- Se dijo a sí mismo Robin-, Ya no tendré que brincar sobre la hierba o ver el sol que lastima con sus rayos; aquí en mi casa seré muy feliz.
               Pero pronto Robin se encontró en problemas: El gran reloj que colgaba de la pared, junto al cuadro de la zanahoria, dejó de funcionar. Sus manecillas permanecieron inmóviles. A Robin le dio un vuelco en el estómago. – No puede ser, ¿ahora cómo sabré a qué hora debo comer, o a qué hora tengo que dormir?- Como los rayos del sol no entraban por ninguna parte a la madriguera de Robin, Robin no sabía si era de día o si era de noche. Así que el pequeño conejito decidió hacer un dibujo de un día soleado y un dibujo de la luna y las estrellas. Cuando él consideraba que ya era de día, colocaba en la pared el dibujo del día soleado, y lo mantenía allí hasta que le daba sueño y se disponía a dormir. Entonces quitaba el dibujo del día soleado y colocaba el de la luna, así, se imaginada que ya era de noche.
                Al principio parecía divertido. Casi un juego. Imagínate que cada vez que te da sueño, no importa la hora del día, pudieras imaginarte que ya es de noche y tranquilamente subes a tu cuarto y te duermes un ratito. ¿Parece divertido, no? Pues Robin pensó que así sería siempre. Pero poco a poco se dio cuenta que su idea resultó ser un desastre. Ya había perdido totalmente la noción del tiempo. Además, sus patas se estaban entumeciendo, y sus ojos ya extrañaban la luz del sol. Robin olvidó meter un refrigerador, así que las zanahorias se estaban enmoheciendo. Nada estaba saliendo como él lo había planeado. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia la puerta e intentó abrir, pero no encontró las llaves. Un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Robin. -¡No puede ser!- pensó Robin-, ¿me quedaré aquí para siempre, siempre, siempre?, ¡que alguien me ayude!-  En su desesperación comenzó a golpear la puerta, con la esperanza de que José (su vecino) lo escuchara. Lo cual sucedió muy rápido, porque ambos vivían en un patio de vecindad. José intentó abrir la puerta, pero con tres candados bien cerrados, ¿quién podría abrir la puerta?
                De pronto, José empezó a reír. Reía tanto que no podía parar.
-¿qué te pasa?- Le dijo Robin- Deja ya de reírte ¿qué no ves que estoy atrapado y moriré si no abres la puerta?-
Haciendo un gran esfuerzo, José dejó de reír y le respondió:
-Vamos, Robin, ¿Qué qué es lo que me da tanta risa? Pues verás, es que, si eres un conejo y tú mismo hiciste la casa, ¿no es más fácil que escarbes con tus patas y pases por debajo de la puerta?-
El rostro de Robin se iluminó, y sin detenerse a  pensar o a responderle algo a su amigo. Colocó sus patas fuertemente sobre la tierra y las movió muy muy rápido. En menos de lo que canta un gallo, Robin ya estaba del otro lado de la puerta, al lado de José.
José le palmeó la espalda y se fue a su casa.
A partir de ese día, Robin sale cada mañana, apenas sale el sol, para agradecer la luz, el aire, el pasto y las zanahorias. Entendió que Dios creó todo perfecto para que lo podamos disfrutar, y qué el debe ser más sabio que nosotros.
 Marzo 2011

domingo, 6 de marzo de 2011

Bofi el Payaso

Bofi era un payaso que se esforzaba mucho por hacer reír a los niños. Se compró unos zapatotes amarillos y una nariz roja. Se hizo un pantalón de tela azul y un chaleco  que tenía dibujos de payasos grabados haciendo acrobacias. Además consiguió un gorro tan pequeño que apenas le cubría algunos mechones de cabello.  
                Pero a pesar de usar todo su traje de payaso, Bofi no conseguía hacer reír a la gente. Buscaba en los mejores libros de chistes algunos chistes para contar ante su audiencia, pero no provocaba ni siquiera una risita. Se compró, en una ocasión, un libro de magia, para intentar hacer algunos trucos, pero ninguno le funcionó.
                Bofi se sentía triste, porque un payaso que no da risa, no es un asunto…chistoso. Se sentía tan triste que decidió renunciar a su trabajado y volverse electricista.
                Cuando ya había guardado su traje de payaso y se había resuelto a salir en busca de un empleo, un niño pequeño tocó a la puerta de su casa. El niño tenía la cara redonda, con algunas pecas en las mejillas. Llamó tanto la atención de Bofi, que Bofi no tuvo el valor de negarse a escuchar su petición.
Vamos Bofi- le dijo el niño- tienes que ir a mi fiesta. Quizá no seas el mejor payaso, pero mi fiesta comienza en media hora. Sé que podrías hacer algunos trucos y animar a la gente, por favor, di que si, ¿siiiiiiii?- .
-Bofi le respondió- No niño, eso no será posible. Ya guardé mi traje de payaso, y estará tan arrugado que todos tus invitados se burlarán de mí. Además, ayer colgué mis zapatos en el cable de luz y no los podré bajar. Solo me he quedado con mi nariz roja ¿crees que con eso consiga la atención del público?
- El niño le dijo- ¡Bofi! ¡Por favor! Creo en que tú podrás hacerlo, aunque sólo te pintemos la cara de colores y te pongas tu nariz roja de payaso. Por favor Bofi: sé que lo harás bien.
                Ante las insistencias del pequeñuelo, Bofi finalmente aceptó. Se puso una playera de rayas y un pantalón de mezclilla. Amarró las agujetas de  sus converse y salió detrás del niño.
                Cuando llegaron a la fiesta el corazón de Bofi casi se detuvo. No había cincuenta o cien personas. Había muchísima gente, más de la que Bofi había visto jamás. Se sujeto en el barandal de las escaleras que llevaban al centro del salón e hizo un esfuerzo por no desmayarse. Pensó en salir de inmediato,  pero mientras consideraba eso, sintió una tibia mano sobre la suya y volteó su cabeza. El pequeño niño que lo había ido a buscar le sonrió y le dijo: Yo sé que podrás hacerlo Bofi. Solo ve hacia el centro y sé el mejor payaso del mundo. Bofi tomó valor. Soltó la mano del niño y saltó desde el barandal. Justo en ese momento la música se detuvo y todos guardaron silencio. Bofi apareció en el centro del gran salón. Todos aplaudieron. Quizá era porque no llevaba su traje de payaso, pero nadie lo reconoció. Bofi se alegró al escuchar el sonido de los aplausos y comenzó a caminar a lo largo de la sala. Había un charco de refresco en el piso, Bofi no lo vio y cayó sobre el piso. Todos rieron, así que Bofi tomó más valor. Se levantó de un brinco y se cayó otra vez. Se acordó de un chiste que él mismo había inventado y se le ocurrió decirlo. Todos rieron y le aplaudieron.  Entonces Bofi tomó algunas botellas de refresco y comenzó a hacer malabares mientras subía por las escaleras. Solicitó voluntarios y varios niños se acercaron a él. Además de dar risa, los niños ya no le tenían miedo.  Bofi organizó algunas actividades y les entregó premios a los niños. Después anunció que era el momento de partir el pastel y acabó su participación en la fiesta. Pero antes de retirarse, todas las personas que estaban en el salón se pusieron de pie y aplaudieron; algunos chiflaban y otros gritaban. El espectáculo de Bofi había resultado ser un éxito.
                Bofi fue al baño y se lavó la cara. No podía creerlo, ese día, tal como el niño lo había dicho, simplemente se convirtió en el mejor payaso del mundo.  Mientras se lavaba la cara un señor de estatura muy pequeña entró al baño y se dirigió hacia él.
Permítame estrechar su mano- le dijo el sujeto, mientras extendía su mano-. Es usted el mejor payaso que he visto, dígame ¿para quién trabaja?. 
En realidad, señor- respondió Bofi- esta mañana había resuelto ya no trabajar.  A pesar de tener un traje muy bonito y unos zapatos amarillos radiantes, jamás había conseguido una sola sonrisa en un niño. Lo de hoy fue una excepción, casi un sueño.
A veces es mejor soñar mientras se está despierto, mi amigo- dijo el hombre chaparrito, quitándose el sombrero que llevaba puesto-  Le diré lo que yo vi, sr Bofi. Hoy vi a un payaso que descendió a su escenario y no actuó, solamente vivió y regaló sonrisas a todas las personas. Usted hoy fue Bofi, y nada más. Sin máscaras, sin trajes y sin zapatos amarillos.
-El hombre hizo una pausa y continuó- Déjeme presentarme. Mi nombre es Lorenzo de San Blass, y soy el director del mejor circo de este país. Y si usted no tiene un inconveniente, a partir de hoy, usted trabajará para mí.
                Algunas lágrimas corrieron por el rostro de Bofi. Era cierto, en ese salón fue él mismo, y se convirtió en el mejor payaso del mundo. Se secó las lágrimas con la mano, y dijo: Sí, Sr. Lorenzo de San Blass, acepto su oferta.
                Ambos salieron del baño y se sentaron a la mesa, rodeados de otros payasos, domadores de leones, acróbatas y demás. Incluso había un changuito que se paseaba sobre la mesa.  Todos le dieron la bienvenida a Bofi; quien por cierto, nunca llegó a ser electricista.

sábado, 5 de marzo de 2011

Domingo de Febrero

Simplemente Yahvé: EL QUE SOY
No el que mi mente puede crear.
Eres el que eres.
Y eso es lo mejor.
Más de lo que yo puedo esperar.

¿Quién podría imaginar
que desde el cielo
hasta el mar
tu presencia todo lo llena?
Aún la mente y la conciencia,
aún el viento que se pasea con inocencia.

Has llenado esta habitación, porque fiel eres.
Tu presencia... en mi ausencia
de fe, de poder,
de ánimo, de esperanza.

No me digan que no le crea
cuando veo aquó su poder
que me ayuda, que me alienta,
que ha llenado hoy mi ser.

Sus palabras ¡me son vida!
Agua en el sequedal,
agua que me es ofrecida,
agua que me es gran verdad.

Verdad que es otorgada
para darme libertad;
libertad para acercarme
al que me dió dicha Verdad.

Libertad. Un gan sueño
de toda la humanidad.
Mas libertad sin seguir al Dueño,
es egoísmo, es maldad.

Mas si tu dueño es el Amado,
señalado entre diez mil,
si a Él sujetas de la mano,
serás libre y no vil.

(¿Libre de ti mismo?)

Debajo de la Cruz

Debajo de la Cruz. Emaj

Te contemplo mi Jesús,
de rodillas ante ti
puedo verte en la cruz
con tus oojos sobre mí.

Cristo quiero estar contigo,
hoy me he postrado
debajo de la cruz.
Siento tu preciosa sangre
lavando mis pecados
dándome tu luz.

Hoy miro hacia tu luz;
me has dado tu perdón.
Te agradezco mi Jesús
por tu salvación.

(Febrero 2011)
L: J
M: Ch

La tortuga y la pelota

Entre el agua y las anguilas,
Entre el canto y el coral,
Vivían las tortugas tranquilas
Y los peces de la mar.

Todos los días comenzaban
Alegres con juegos e inventos.
Todos los días terminaban
Escuchando nuevos cuentos.

Los peces nadaban veloces,
Surcaban el mar con valor.
Las tortugas eran atroces,
De lo lento, lo peor.

Nadando con su caparazón,
Navegaban fatigadas,
Pero con gran corazón
Luchaban por ser elogiadas.

Entre carreras y saltos
El juego era mágico y largo,
Hasta que un día la pelota
Desapareció en un acto.
Fuera del agua salió
A causa de un tiro muy largo.

Voló y voló por los cielos
Hasta llegar a la playa,
Quedando muy lejos de ellos,
Ahí, enredada en una malla.

Los peces y las tortugas
Dieron por terminado en juego.
“No habrá pelota de nuevo”.

Una tortuga pequeña,
Pero con alma de estrella
Decidió salir del mar
Y la pelota alcanzar.

Hasta ese día tan sólo había nadado
Lentamente sobre el mar,
Sin poder imaginar,
Que Dios poder le había dado.

Tocó con sus patas la arena:
Caliente, firme, brillante.
Miró el sol, arriba flotante
Y encontró la pelota al instante.

Caminó hacia ella y la tomó
Entre sus patas lisas.
Volvió al mar donde nació,
Dibujando en los peces sonrisas.

Admirados por la gran hazaña,
Elogiaron su valor, contentos;
Podrán jugar hoy mañana
Y en la cena escuchar nuevos cuentos.
 (Febrero 2011)