sábado, 16 de abril de 2011

El joven y el Pollito

Cruzando la calle que estaba enfrente del granero de Don Juan, había una tienda. De esas tiendas que hay por todos lados. La pared estaba pintada de color blanco, y por cierto ya estaba muy sucia, pues el lodo de la calle era salpicado día a día por el camión que salía del pueblo. Tenía varios anuncios colocados a la derecha de la puerta. Algunos promocionando frituras y otros más eran avisos que el dueño de la tienda colocaba de vez en cuando, ofreciendo algunos objetos que vendía.
            Ahí, justo enfrente de esa tienda descuidada de un pueblo aún más descuidado que la tienda, se desarrolla esta breve historia.
“Pollón” salió como siempre de la granja. Caminó sobre sus dos patas hasta llegar a la cerca y ahí se detuvo, contemplando los nidos de las otras aves que colgaban de las ramas del único árbol que alcanzaba a ver con sus pequeños ojos de pollo. Agitó sus alas, estirándose después de haber dormido casi toda la tarde, y continuó su camino. Avanzando a tropezones –pues el sueño aún no se apartaba de sus ojos-, consiguió llegar a la tienda.
            Por si no lo sabes, para un pollo no hay algo mejor que ir a una tienda. Ahí podrá encontrar, si bien le va, algunas sabritas regadas en la entrada o algún dulce extraviado debajo del mostrador. A Pollón, en particular, le atraían los dulces. Y justo cuando iba entrando a la tienda observó que había una caja de dulces de menta regada en el piso. Los dulces de menta eran sus favoritos, así que no sólo tomaría uno o dos, haría varios viajes hasta llenar su pequeña despensa de dulces mentosos.
            Pollón, como verás, estaba muy emocionado. Se dedicó de lleno a su labor y ni siquiera se dio cuenta que el sol ya comenzaba a desaparecer en el horizonte, allá, detrás de las últimas casas del pueblo.
            Y así como no vio que el sol se preparaba para descansar sobre las montañas, tampoco percibió al jovenzuelo que venía caminando directo hacia él: con un costal grasiento en la mano. Pollón estaba perdidamente  concentrado en su tarea, imaginándose a él mismo comiendo dulces toda la noche.
            Te describiré al jovenzuelo. No medía más que yo pero tampoco menos que tú. Tenía colocado sobre su cabeza un pequeño sombrero de paja, y vestía una camisa amarilla, que hacía juego con el sombrero y el costal, amarillos también. Su piel era muy oscura, como el café que toma mamá Aure. En realidad no podríamos decir que tenía un buen aspecto. Si lo hubieras visto hubieras salido corriendo, a no ser que estuvieras tan ocupado como Pollón. En fin, así era el joven.
El muchacho caminó despacio hasta el pollito y se quedó un rato mirando cómo sostenía los dulces con su pico. Soltó una risa y tomó a Pollón con la mano que tenía libre. Pollón soltó el  dulce e intentó agitar sus alas, pero estaba bien sujeto por la mano de color oscuro que lo sujetaba con fuerza, lo que en verdad le lastimaba. El joven –tal vez te dé asco lo que sigue, pero así fue- soltó el costal grasiento y levantó el dulce del piso. Y bueno, ya te imaginarás…sí, se lo echó a la boca y lo mordisqueó sin modal alguno. Miró a Pollón y le dijo: Vaya, pollo travieso, ¿con que te gustan los dulces de menta, eh? – Mientras le mostraba algunos trozos del dulce que mantenía en la boca-. Pollón lo miró y le respondió: Bueno, mi amigo, por lo que veo a ti también.-  Pollón intentaba ser amable, quien sabe por qué. Seguramente no había visto el costal en el piso y los ojos del muchacho que brillaban de felicidad, pues tenía entre sus manos la cena de esa noche. El muchacho levantó el costal del piso, sin más ni más y cuando iba a meter a Pollón, Pollón alcanzó a decir:
-¡oh, no lo hagas! ¡Por favor, déjame ir!- Ya había comprendido la situación, y su corazoncito de pollo había comenzado a agitarse demasiado, tanto que Pollón apenas podía articular sus palabras.- Vamos, haré lo que me pidas, pero déjame ir-.
El muchacho, que al principio parecía resuelto a ignorar al animal, finalmente cedió. Colocó a Pollón en el escalón de la tienda y le propuso un trato. Jugarían a las adivinanzas. Cada uno diría una adivinanza, y aquel que fallara en la respuesta decidiría el futuro de ambos. Pollón aceptó –pues no tenía otra opción- y el joven comenzó el juego.
-“Entre más le quitas, más grande es, ¿qué es? – dijo el muchacho, orgulloso de haber permanecido un tiempo extra en su trabajo, escuchando los mejores acertijos.
Pollón rió, pues después de ir todos los días a la tienda había escuchado esa gastada adivinanza.
-Es un agujero- respondió- Y es mi turno:
-“Agua pasa por mi casa, cate de mi corazón, si no me lo adivinas, muchacho, se te partirá el corazón”-.
El joven respondió de inmediato con la respuesta que ya conoces. Y lanzó la siguiente adivinanza:
-“Ciudadano muy mirado, moderno camaleón,
Subido en tu árbol cambias de color”-
Pollón se quedó pasmado, pues nunca había escuchado esa adivinanza. En su mente recordó muchas cosas, pero ninguna parecía ser la respuesta. Pensó y pensó, pero no encontraba algo que cambiara de color, que fuera muy mirado y que estuviera en lo alto de un…
-¡El semáforo!- Gritó Pollón. El joven se sorprendió de que un pollo de granja conociera la respuesta, pero aceptó su respuesta y se dispuso a escuchar la siguiente adivinanza.
-“La puerta del granero está en la parte de atrás,
-¿de atrás y no de adelante, como todos los demás?-
De atrás, os digo, y os pido que no me preguntéis más.
Si no descifras mis palabras, confusión tan solo tendrás;
Mi buen y joven amigo, ya veo que hoy no cenarás”-

Pollón sonrió, pues él mismo se había asombrado de la solemnidad con la que dijo la adivinanza. Miró al joven, y de inmediato guardó su risa, pues lo que vio en su rostro no era nada agradable. El joven lo miraba profundamente. Aunque en realidad no veía a Pollón, sino que se había quedado absorto con el enigma y herido con lo de “…Mi buen y joven amigo, ya veo que hoy no cenarás”. No se daría por vencido de una vez.
            El tiempo pasó, el sol se metió, la luna salió, un ave cantó y la tienda…ah…  bueno, la tienda se cerró. Pero el jovenzuelo no tenía la respuesta. Se movía para todos lados, pensando y pensando, ¿en qué? No lo sé, quizá en la respuesta o quizá en cómo llevarse a Pollón a pesar de haber perdido. Creo que esta última es la opción más acertada.
Pollón –que ya se había sentado sobre una piedra- se levantó y se estiró, pero antes de que pudiera dar un paso sintió un apretón en todo su cuerpo: era la mano de color oscuro. Pollón no pudo decir nada, pues el joven tan sólo lo levantó del piso y sin dudarlo lo metió en el costal. Pollón sintió náuseas mientras daba vueltas. El joven, como si no hubiera perdido el juego y roto el trato, se echó el costal al hombro y caminó por la oscuridad que ahora cubría el camino, con la luz tenue de la luna y las estrellas que caía con gracia por los llanos.
El joven, después de un rato, llegó a su casa. Se quitó sus zapatos sucios, se despojó de su sombrero, se quitó su camisa sudada y se tendió sobre la cama que había estado des tendida desde siempre. Después de eso se quedó profundamente dormido, pues no encontró nada para cenar…

viernes, 15 de abril de 2011

¿Escape?

En la cocina de cierta casa, vivía una cucaracha que se llamaba Tina. Era la cucaracha más bella que te puedas imaginar. Sus patas color café claro y con vellitos amarillos se movían a la par de sus antenas, que eran negras con manchas cafés.
            Como ya te imaginarás Tina no salía de su escondite durante todo el día; pero apenas comenzaba a oscurecer, asomaba sus antenas y examinaba toda la cocina. Un mínimo error y le costaría la vida. Cuando ya estaba segura de que no había nadie alrededor, salía caminando. Su meta: la mesa principal, donde de seguro encontraría algo de comer.

La camina desde su escondite hasta la mesa era toda una travesía... primero debía, como ya saben, asomar la cabeza con cuidadito; mirar hacia la izquierda, luego a la derecha... después sacar sus patas una por una. Ya que todo su cuerpo estaba a fuera, debía correr sigilosamente hacia un muro, enfrente de su escondite donde había un hoyito –hecho por las antiguas generaciones-,  ahí se metía de nuevo esperando que no lo viera el perro de la casa. Uy… porque si lo hacía
ladraba de tal manera que todos en la casa fijaban sus ojos a la cosa con la que el perro se alteraba, que era nada más y nada menos que nuestra amiga Tina. Con “Ron-ron”, el gato, no tenía problemas, pues hace un par de semanas habían consolidado su amistad.
            Después de haber cruzado con éxito el puesto de vigilancia del perro, Tina tenía el camino libre hacia la mesa. Subía por la única pata de madera que la sostenía y después se sujetaba del mantel. Escalaba con mucho esfuerzo y entonces... disfrutaba de toooooda la comida que quisiera.

            Un día común y corriente Tina escuchó que la familia de la casa platicaba muy muy contenta, más contenta de lo normal, y a la vez le llegó un aroma que la cautivó. ¡Era tan delicioso!!!! No podía esperara a saber que era. Se decía una y otra vez "Deben terminar pronto de platicar, irse a la cama y seguramente dejarán alguna sobra de aquello que huele tan bien". Pero por más que lo intentó no pudo aguantar las ganas de saber de qué se trataba. Asomó su cabeza con extrema cautela, trepó por el poste enfrente de su escondite, hasta que pudo ver aquel platillo delicioso. ¿Qué crees que era? ¡Exacto! Tina se quedó boquiabierta saboreando desde lo lejos el platillo, pero pronto su atención se desvió a la conversación. El joven Pedro era el segundo hijo de la familia y había terminado su carrera de Chef -¡Un chef sensacional! Él había preparado el platillo-. Planeaba entonces abrir un restaurant en su casa.

-Mamá- dijo Pedro- el problema es que para abrirlo, la casa debe estar libre de cualquier tipo de plaga o insecto; los inspectores vienen la próxima semana a averiguar si todo está bien, pero yo he visto alguna cucaracha por aquí, y si sigue aquí para entonces ¡no me darán el permiso! Tenemos que fumigar antes de la próxima semana.

            El corazón de Tina dio un vuelco y sus antenas decayeron. Con las patas temblorosas, buscó un escondite cercano y se sentó allí, sintiendo el incesante latir de su corazón sobre su pecho. La idea del restaurant la había emocionado al principio, pero aquellas palabras que Pedro mencionó al final... le habían dado una verdadera razón para preocuparse. Fumigar... el final de cualquier cucaracha o insecto de la cocina. ¿Y ahora cómo haría para salir de la casa y subsistir en un mundo callejero lleno de peligros?  Pensando en todo esto, Tina cerró los ojos y se quedó profundamente dormida. Cuando despertó, la luz ya estaba apagada y el suave aroma del aperitivo ya no flotaba en el aire. Tina se levantó, con la esperanza de que todo fuera un sueño, pero al ver la tarjeta de presentación de " Fumigaciones del golfo " supo que no estaba soñando. Descendió de su escondite y regreso a su habitación, allá, detrás de unas vasijas olvidadas en un mueble. Pensó qué hacer, pero no tenía ánimo para planear su huida. Tina comenzó a inquietarse y su sangre corría con velocidad por todo su cuerpo. Una lágrima salió de uno de sus ojos y se deslizó por los pelitos amarillos de sus patas. Ella había nacido ahí y ahí había crecido. La cocina era su vida. Se puso derecha, se secó la lágrima y exhaló. – Debo hacer algo- se dijo a sí misma-, nunca he salido de este lugar, pero Ron-ron  sí; además, no creo que un cheff necesite de un gato como este, así que él también debe buscar una solución. Tina salió de su escondite otra vez. Yendo de rincón en rincón, escondiéndose, buscaba al gato por toda la casa, “¿dónde estará, pues? Tina corría de un cuarto al otro, hasta que ya cansada trepó por una ventana que daba  a la  calle para ver si de casualidad Ron-ron no estuviera afuera,  rondando por ahí. Pero vaya sorpresa!  Vio como Pedro estaba regalando al gato a una familia que se mudaba a una ciudad cercana - ¡No puede ser peor! ahora nadie puede ayudarme, y además ¡yo quiero mucho al gato! ¡Somos amigos! - .  Con todo y confusión, Tina pensó rápidamente qué hacer. Se dio cuenta que la ventana estaba un poco abierta y no lo pensó dos veces: era ahora o nunca. Salió por la ventana y brincó hacia un tubo vertical que llevaba el agua de la azotea hasta el piso. Se sujetó como pudo del metal tan frío y bajó con rapidez. Cuando llegó al piso vio que Ron-ron  estaba sentado ahí cerca y le lanzó un gritito.
-Hey Ron-ron- Dijo Tina- ¡llévame contigo! ¡aquí moriré! Y aún si no muriera, no soportaría estar sin ti-. Ron- ron  sonrió y le hizo señas a Tina para que fuera hasta él y la metió en casita de plástico donde viajarían.
            Ya adentro, y feliz de estar con su amigo, se acurrucó sobre el pelo del gato y se dio la siguiente conversación: Bueno, te agradezco  que me hayas permitido venir contigo- dijo Tina- No tienes nada que agradecer- respondió Ron- ron.
Tina sonrió y le dijo: “A todo esto, ¿qué sabes de la nueva casa a dónde vamos?”
Ron- ron suspiró y le dijo: “Bueno, en realidad no mucho. Solo sé que viviremos en un restaurant. ¿No es grandioso? Tendremos de la mejor comida, y además, estará muy limpia, pues tengo entendido que ahí fumigan dos veces por mes, y que cumplen las normas más altas de calidad…


FIN


Abril, 2011

viernes, 1 de abril de 2011

CUANDO LOS SUEÑOS COMIENZAN A HACERSE REALIDAD: CERVANTINO, EL TÍTERE.

Déjenme comentarles, mis niños, que la historia que hoy escucharán se desarrolla en alguna parte del bosque que ya es medianamente conocido por ustedes.  Aunque aún no decido el nombre de dicho bosque, lo que nos importa por el momento es saber que es el mismo bosque donde vive el músico Sam, con su violín; Violeta, la niña que canta con los animales; los osos que siempre se portan bien y aquellos animales de los cuales todavía no contamos sus anécdotas.
            El bosque es muy grande, y ahora que es primavera todo es verde y de colores, pues las hojas de los árboles crecen con rapidez y las flores han estirado sus pétalos después de la larga siesta del invierno.
            En cierta parte del bosque, hay una carpintería. Es una vieja cabaña hecha toda de madera de pino y techada con tejas de color rojo opaco. En esta cabaña vivía un viejo títere. Era de color rojo y tenía un gorrito azul marino que a su vez tenía colocada una pluma de ganso. Portaba un sweater color blanco como la leche.  Sus ojos eran color café claro, sus zapatos eran de color azul tan pero tan fuerte que hasta lastimaba la vista. También usaba unos lentes. 
Sin embargo, Cervantino – como se llamaba el títere-, tenía un pequeño inconveniente: Sí, era verdad; sus diferentes tonos de rojo en su cuerpo cepillado lo hacían verse como todo un…pillín, y qué decir de su sweater blanco como la leche. Pero el problema de Cervantino era que no tenía hilos.  ¿Pueden imaginarse un  títere sin hilos?¿qué podía hacer, sino permanecer por siempre ahí sentado, en el fondo de un viejo armario?
            Cervantino ya tenía mucho tiempo así, inmóvil. No conocía más que el pequeño armario donde un carpintero lo había guardado hace mucho tiempo atrás. No conocía a los animales del bosque, ni a las personas. Ni siquiera conocía el fragante olor a cedro que invadía el resto de la carpintería. En una frase: Cervantino estaba triste.
            Un buen día – grandioso día-, un carpintero entró en el local y comenzó a trabajar. Encendió los viejos motores de las máquinas, lanzó un poco de pintura al aire con la compresora, lijó algunos muebles y martilló uno que otro clavo. Se detuvo por un momento para descansar de su trabajo –que ya le había ocupado toda la mañana- y decidió recorrer toda la carpintería en búsqueda de cualquier cosa interesante. Caminó observando los estantes, contemplando algunas figurillas inconclusas hechas también de madera y después se detuvo frente al armario, la casa de Cervantino. El corazón de roble de Cervantino latió con una extraña fuerza mientras las manos callosas del viejo carpintero abrían con suavidad la puertecilla. El aire fresco abrillantó los colores del pequeño títere y le devolvió la sonrisa en su rostro. El carpintero lo tomó con mucho cuidado y lo levantó para verlo con la luz que se filtraba a través de la polvosa ventana. Lo miró con detenimiento, examinando cada detalle y sintiendo la textura de la madera. Sonrió ampliamente y se dirigió con el muñeco hacia el cuarto de trabajo.
            El carpintero tomó algunos listones de colores y los amarró en las argollas que Cervantino tenía en la espalda. Hasta ese momento, Cervantino no había mencionado una sola palabra, pero cuando los listones de ceda se deslizaron rozando su piel, no pudo evitar soltar una risita, que motivó al anciano.
            En pocos minutos, Cervantino estaba renovado. Tenía hilos nuevos y aún una nueva capa de esmalte sobre su cuerpo. El carpintero resultó ser muy hábil para manejarlo y pasó toda la tarde haciendo movimientos a los que Cervantino no estaba acostumbrado. No obstante, después de rechinar por unas horas, Cervantino recuperó su agilidad y logró moverse como todo una marioneta de circo.
            Llegó la hora en la que Roger – el carpintero- debía volver a casa para cenar con su esposa. Cervantino creyó que volvería a estar solo, pero Roger resultó ser un gran amigo. Lo envolvió en un retazo de ceda para que no se resfriara con el frío de la noche y lo llevó a su hogar. Cervantino consiguió asomar su cabeza de entre los dobleces de la tela y quedó absorto al contemplar, aún en la oscuridad de la noche, el bello bosque al que tanto había deseado conocer. Pudo escuchar la voz de Violeta, que a lo lejos cantaba mientras caminaba de vuelta a casa y las últimas notas del violín de Sam. –Algún día sabré de dónde vienen esos sonidos-  pensaba el títere.
            Cuando llegaron a la casa de Roger, Cervantino fue presentado a la familia, es decir a la esposa de Roger. Le dieron de cenar y lo colocaron junto a la chimenea para que durmiera con el calor del fuego. Cuando apagaron las luces, la tenue luz que despedían los carbones encendidos aún iluminaba la sala. Cervantino tomó los listones que tenía sujetos a la espalda y los observó. ¿Cómo es que un carpintero desconocido había hecho que sus sueños comenzaran a hacerse realidad? Pensando en todo esto, Cervantino cerró los ojos y se quedó profundamente dormido. No sabía que pasaría después, pero los hilos que abrazaban sus dedos le decían que lo mejor estaba por comenzar.

Abril, 2011