sábado, 26 de marzo de 2011

¡Feliz Cumpleaños Juda!

Violeta era una niña que gustaba de salir a caminar por el bosque que se encontraba enfrente de su casa. Era un bosque muy grande y bonito. En él vivían muchos árboles, animales, flores y demás. En medio del bosque corría un río, junto del cual había una piedra donde un tal Sam del bosque –que quizá ustedes ya conozcan- se paraba y jugaba con su violín hecho de corteza de árbol y retazos de hojas, mientras que los animales se reunían a su alrededor para deleitarse con la música. Cada vez que podía conseguir el permiso de sus papás, Violeta caminaba por los senderos del bosque hasta llegar al río para estar en medio de los animales, que danzaban desordenados. A veces, Violeta cantaba alguna canción, entonces los animales se acurrucaban en la hierba para escucharla. Pero claro, los pajarillos permanecerían revoloteando y silbando por encima de Violeta.
            Cierto día, recién comenzada la primavera, Violeta se levantó de su cama –aún un poco dormida- y caminó hacia la ventana. El poco sueño que aún arrastraba, se disipó cuando recordó que ese era un día muy especial. Violeta miró hacia el cielo y lanzó un grito -¡Hoy es mi cumpleaños!-.
            Un colibrí que iba volando cerca de la casa recibió el grito casi en el oído – éste colibrí sí tenía oído- y estuvo a punto de desplomarse sobre el piso. Espantado, voló hacia el bosque, y cuando llegó al primer árbol, recordó las palabras que había escuchado. -¡Oh! ¡Hoy es el cumpleaños de Violeta! –Se dijo a sí misma el ave- tengo que decírselo a los demás. Voló por el bosque anunciando la noticia y los animales se reunieron rápidamente en la piedra de Sam.
-¿Porqué no le hacemos un pastel?- dijo una oveja, aunque su voz no fue muy apreciada por las demás voces roncas que se escuchaban.
- Deberíamos de inventarle una canción- dijo Sam del bosque, mientras comenzaba a tocar su violín, el cual fue enmudecido por el ala del colibrí.
-Oigan- anunció una pequeña mariposa de colores- , Se me acaba de ocurrir una idea…

            Después de hacer los deberes en su casa, Violeta se colocó su sombrero morado y salió, dispuesta a caminar por los senderos del bosque. Caminó y caminó hasta llegar cerca del rio, y se sorprendió de no oír el murmullo proveniente de la música. Cuando llegó a la piedra de Sam, sus ojos no podían creer lo que veían, o mejor dicho, lo que no veía. No había animales, ni música ni danzas. -¿Qué habrá ocurrido aquí?- pensó Violeta. Volteó hacia el piso y vio una pequeña hoja de árbol que tenía escrito lo siguiente:
“Violeta: Siento mucho molestarte, pero hoy debí salir de casa y dejé solos a mis quince hijos. Creí que tú podrías darles algo de comer y contarles un cuento. Gracias, eres muy amable. Atentamente, la mamá Osa.”
            Apenas leyó el mensaje, Violeta tomó el sendero que conducía a la gran casa de los osos y se apresuró por llegar antes de que los pequeños ositos hicieran destrozos. Para su sorpresa, los ositos estaban bien sentaditos y esperaban su llegada, ansiosos de escuchar un cuento. Violeta se sintió aliviada cuando vio cerca de ella un folder que contenía muchos cuentos. Tomó uno y comenzó a leerlo.
            El cuento se llamaba “Feliz cumpleaños Juda”. Y aunque te parezca extraño, las hojas que tomó Violeta de aquél folder, son las mismas que ahora tiene Judá en sus manos.
            Mientras Violeta leía el cuento, una pequeña mariposa entró al cuarto donde estaban y la abrazó con fuerza, mientras le decía “Feliz cumpleaños Judá”. Inmediatamente, entró un venado, trayendo consigo un helado. Después de él, entró una cigarra, tocando con fuerza una guitarra.
Para sorpresa de Judá, perdón, de Violeta, después de la mariposa, el vendo y la cigara entraron muchos animales cantando las mañanitas y batiendo las palmas. La abrazaron y todos rieron. Tal vez no le dieron muchos regalos, pero estaban ahí, para agradecer a Dios el regalo de la vida. Un año más en esta tierra, un día más en su presencia.
Y colorín colorado, esta fiesta no ha acabado.
 ;)
 marzo,2011

viernes, 18 de marzo de 2011

Problemas para salir

Junto a la casa de José vivía un conejito que se llamaba Robin. Pero Robin no era como los conejos que conocemos.  A Robin no le gustaba salir de casa. No le gustaba brincar en la hierba o comer zanahorias al caer el sol. No, Robin más bien parecía una hormiga que un conejo. ¡Una hormiga gigantesca, has de estar pensando! ¿Sabes por qué? Porque Robin decidió recolectar zanahorias y semillas y almacenarlas en su madriguera. Trabajó muy duro durante toda la primavera pasada –hay que reconocerlo-, así que consiguió recolectar una buena cantidad de víveres. Robin tenía su casa llena de zanahorias y semillas.
                Cuando Robin consideró que ya tenía suficientes víveres como para nunca más salir al mundo exterior; entró en su casa, cerró la puerta tras de sí y puso tres candados, para que nadie más pudiera entrar.  Prendió una pequeña lámpara y se recostó en su cama. Su cama  tenía una colcha que tenía dibujadas cientos de zanahorias. Sobre la cama había dos cojines en forma de zanahoria y claro, clavado en la pared había un cuadro de una zanahoria pintada al óleo.
-Al fin estoy solo en mi hogar- Se dijo a sí mismo Robin-, Ya no tendré que brincar sobre la hierba o ver el sol que lastima con sus rayos; aquí en mi casa seré muy feliz.
               Pero pronto Robin se encontró en problemas: El gran reloj que colgaba de la pared, junto al cuadro de la zanahoria, dejó de funcionar. Sus manecillas permanecieron inmóviles. A Robin le dio un vuelco en el estómago. – No puede ser, ¿ahora cómo sabré a qué hora debo comer, o a qué hora tengo que dormir?- Como los rayos del sol no entraban por ninguna parte a la madriguera de Robin, Robin no sabía si era de día o si era de noche. Así que el pequeño conejito decidió hacer un dibujo de un día soleado y un dibujo de la luna y las estrellas. Cuando él consideraba que ya era de día, colocaba en la pared el dibujo del día soleado, y lo mantenía allí hasta que le daba sueño y se disponía a dormir. Entonces quitaba el dibujo del día soleado y colocaba el de la luna, así, se imaginada que ya era de noche.
                Al principio parecía divertido. Casi un juego. Imagínate que cada vez que te da sueño, no importa la hora del día, pudieras imaginarte que ya es de noche y tranquilamente subes a tu cuarto y te duermes un ratito. ¿Parece divertido, no? Pues Robin pensó que así sería siempre. Pero poco a poco se dio cuenta que su idea resultó ser un desastre. Ya había perdido totalmente la noción del tiempo. Además, sus patas se estaban entumeciendo, y sus ojos ya extrañaban la luz del sol. Robin olvidó meter un refrigerador, así que las zanahorias se estaban enmoheciendo. Nada estaba saliendo como él lo había planeado. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia la puerta e intentó abrir, pero no encontró las llaves. Un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Robin. -¡No puede ser!- pensó Robin-, ¿me quedaré aquí para siempre, siempre, siempre?, ¡que alguien me ayude!-  En su desesperación comenzó a golpear la puerta, con la esperanza de que José (su vecino) lo escuchara. Lo cual sucedió muy rápido, porque ambos vivían en un patio de vecindad. José intentó abrir la puerta, pero con tres candados bien cerrados, ¿quién podría abrir la puerta?
                De pronto, José empezó a reír. Reía tanto que no podía parar.
-¿qué te pasa?- Le dijo Robin- Deja ya de reírte ¿qué no ves que estoy atrapado y moriré si no abres la puerta?-
Haciendo un gran esfuerzo, José dejó de reír y le respondió:
-Vamos, Robin, ¿Qué qué es lo que me da tanta risa? Pues verás, es que, si eres un conejo y tú mismo hiciste la casa, ¿no es más fácil que escarbes con tus patas y pases por debajo de la puerta?-
El rostro de Robin se iluminó, y sin detenerse a  pensar o a responderle algo a su amigo. Colocó sus patas fuertemente sobre la tierra y las movió muy muy rápido. En menos de lo que canta un gallo, Robin ya estaba del otro lado de la puerta, al lado de José.
José le palmeó la espalda y se fue a su casa.
A partir de ese día, Robin sale cada mañana, apenas sale el sol, para agradecer la luz, el aire, el pasto y las zanahorias. Entendió que Dios creó todo perfecto para que lo podamos disfrutar, y qué el debe ser más sabio que nosotros.
 Marzo 2011

domingo, 6 de marzo de 2011

Bofi el Payaso

Bofi era un payaso que se esforzaba mucho por hacer reír a los niños. Se compró unos zapatotes amarillos y una nariz roja. Se hizo un pantalón de tela azul y un chaleco  que tenía dibujos de payasos grabados haciendo acrobacias. Además consiguió un gorro tan pequeño que apenas le cubría algunos mechones de cabello.  
                Pero a pesar de usar todo su traje de payaso, Bofi no conseguía hacer reír a la gente. Buscaba en los mejores libros de chistes algunos chistes para contar ante su audiencia, pero no provocaba ni siquiera una risita. Se compró, en una ocasión, un libro de magia, para intentar hacer algunos trucos, pero ninguno le funcionó.
                Bofi se sentía triste, porque un payaso que no da risa, no es un asunto…chistoso. Se sentía tan triste que decidió renunciar a su trabajado y volverse electricista.
                Cuando ya había guardado su traje de payaso y se había resuelto a salir en busca de un empleo, un niño pequeño tocó a la puerta de su casa. El niño tenía la cara redonda, con algunas pecas en las mejillas. Llamó tanto la atención de Bofi, que Bofi no tuvo el valor de negarse a escuchar su petición.
Vamos Bofi- le dijo el niño- tienes que ir a mi fiesta. Quizá no seas el mejor payaso, pero mi fiesta comienza en media hora. Sé que podrías hacer algunos trucos y animar a la gente, por favor, di que si, ¿siiiiiiii?- .
-Bofi le respondió- No niño, eso no será posible. Ya guardé mi traje de payaso, y estará tan arrugado que todos tus invitados se burlarán de mí. Además, ayer colgué mis zapatos en el cable de luz y no los podré bajar. Solo me he quedado con mi nariz roja ¿crees que con eso consiga la atención del público?
- El niño le dijo- ¡Bofi! ¡Por favor! Creo en que tú podrás hacerlo, aunque sólo te pintemos la cara de colores y te pongas tu nariz roja de payaso. Por favor Bofi: sé que lo harás bien.
                Ante las insistencias del pequeñuelo, Bofi finalmente aceptó. Se puso una playera de rayas y un pantalón de mezclilla. Amarró las agujetas de  sus converse y salió detrás del niño.
                Cuando llegaron a la fiesta el corazón de Bofi casi se detuvo. No había cincuenta o cien personas. Había muchísima gente, más de la que Bofi había visto jamás. Se sujeto en el barandal de las escaleras que llevaban al centro del salón e hizo un esfuerzo por no desmayarse. Pensó en salir de inmediato,  pero mientras consideraba eso, sintió una tibia mano sobre la suya y volteó su cabeza. El pequeño niño que lo había ido a buscar le sonrió y le dijo: Yo sé que podrás hacerlo Bofi. Solo ve hacia el centro y sé el mejor payaso del mundo. Bofi tomó valor. Soltó la mano del niño y saltó desde el barandal. Justo en ese momento la música se detuvo y todos guardaron silencio. Bofi apareció en el centro del gran salón. Todos aplaudieron. Quizá era porque no llevaba su traje de payaso, pero nadie lo reconoció. Bofi se alegró al escuchar el sonido de los aplausos y comenzó a caminar a lo largo de la sala. Había un charco de refresco en el piso, Bofi no lo vio y cayó sobre el piso. Todos rieron, así que Bofi tomó más valor. Se levantó de un brinco y se cayó otra vez. Se acordó de un chiste que él mismo había inventado y se le ocurrió decirlo. Todos rieron y le aplaudieron.  Entonces Bofi tomó algunas botellas de refresco y comenzó a hacer malabares mientras subía por las escaleras. Solicitó voluntarios y varios niños se acercaron a él. Además de dar risa, los niños ya no le tenían miedo.  Bofi organizó algunas actividades y les entregó premios a los niños. Después anunció que era el momento de partir el pastel y acabó su participación en la fiesta. Pero antes de retirarse, todas las personas que estaban en el salón se pusieron de pie y aplaudieron; algunos chiflaban y otros gritaban. El espectáculo de Bofi había resultado ser un éxito.
                Bofi fue al baño y se lavó la cara. No podía creerlo, ese día, tal como el niño lo había dicho, simplemente se convirtió en el mejor payaso del mundo.  Mientras se lavaba la cara un señor de estatura muy pequeña entró al baño y se dirigió hacia él.
Permítame estrechar su mano- le dijo el sujeto, mientras extendía su mano-. Es usted el mejor payaso que he visto, dígame ¿para quién trabaja?. 
En realidad, señor- respondió Bofi- esta mañana había resuelto ya no trabajar.  A pesar de tener un traje muy bonito y unos zapatos amarillos radiantes, jamás había conseguido una sola sonrisa en un niño. Lo de hoy fue una excepción, casi un sueño.
A veces es mejor soñar mientras se está despierto, mi amigo- dijo el hombre chaparrito, quitándose el sombrero que llevaba puesto-  Le diré lo que yo vi, sr Bofi. Hoy vi a un payaso que descendió a su escenario y no actuó, solamente vivió y regaló sonrisas a todas las personas. Usted hoy fue Bofi, y nada más. Sin máscaras, sin trajes y sin zapatos amarillos.
-El hombre hizo una pausa y continuó- Déjeme presentarme. Mi nombre es Lorenzo de San Blass, y soy el director del mejor circo de este país. Y si usted no tiene un inconveniente, a partir de hoy, usted trabajará para mí.
                Algunas lágrimas corrieron por el rostro de Bofi. Era cierto, en ese salón fue él mismo, y se convirtió en el mejor payaso del mundo. Se secó las lágrimas con la mano, y dijo: Sí, Sr. Lorenzo de San Blass, acepto su oferta.
                Ambos salieron del baño y se sentaron a la mesa, rodeados de otros payasos, domadores de leones, acróbatas y demás. Incluso había un changuito que se paseaba sobre la mesa.  Todos le dieron la bienvenida a Bofi; quien por cierto, nunca llegó a ser electricista.

sábado, 5 de marzo de 2011

Domingo de Febrero

Simplemente Yahvé: EL QUE SOY
No el que mi mente puede crear.
Eres el que eres.
Y eso es lo mejor.
Más de lo que yo puedo esperar.

¿Quién podría imaginar
que desde el cielo
hasta el mar
tu presencia todo lo llena?
Aún la mente y la conciencia,
aún el viento que se pasea con inocencia.

Has llenado esta habitación, porque fiel eres.
Tu presencia... en mi ausencia
de fe, de poder,
de ánimo, de esperanza.

No me digan que no le crea
cuando veo aquó su poder
que me ayuda, que me alienta,
que ha llenado hoy mi ser.

Sus palabras ¡me son vida!
Agua en el sequedal,
agua que me es ofrecida,
agua que me es gran verdad.

Verdad que es otorgada
para darme libertad;
libertad para acercarme
al que me dió dicha Verdad.

Libertad. Un gan sueño
de toda la humanidad.
Mas libertad sin seguir al Dueño,
es egoísmo, es maldad.

Mas si tu dueño es el Amado,
señalado entre diez mil,
si a Él sujetas de la mano,
serás libre y no vil.

(¿Libre de ti mismo?)

Debajo de la Cruz

Debajo de la Cruz. Emaj

Te contemplo mi Jesús,
de rodillas ante ti
puedo verte en la cruz
con tus oojos sobre mí.

Cristo quiero estar contigo,
hoy me he postrado
debajo de la cruz.
Siento tu preciosa sangre
lavando mis pecados
dándome tu luz.

Hoy miro hacia tu luz;
me has dado tu perdón.
Te agradezco mi Jesús
por tu salvación.

(Febrero 2011)
L: J
M: Ch

La tortuga y la pelota

Entre el agua y las anguilas,
Entre el canto y el coral,
Vivían las tortugas tranquilas
Y los peces de la mar.

Todos los días comenzaban
Alegres con juegos e inventos.
Todos los días terminaban
Escuchando nuevos cuentos.

Los peces nadaban veloces,
Surcaban el mar con valor.
Las tortugas eran atroces,
De lo lento, lo peor.

Nadando con su caparazón,
Navegaban fatigadas,
Pero con gran corazón
Luchaban por ser elogiadas.

Entre carreras y saltos
El juego era mágico y largo,
Hasta que un día la pelota
Desapareció en un acto.
Fuera del agua salió
A causa de un tiro muy largo.

Voló y voló por los cielos
Hasta llegar a la playa,
Quedando muy lejos de ellos,
Ahí, enredada en una malla.

Los peces y las tortugas
Dieron por terminado en juego.
“No habrá pelota de nuevo”.

Una tortuga pequeña,
Pero con alma de estrella
Decidió salir del mar
Y la pelota alcanzar.

Hasta ese día tan sólo había nadado
Lentamente sobre el mar,
Sin poder imaginar,
Que Dios poder le había dado.

Tocó con sus patas la arena:
Caliente, firme, brillante.
Miró el sol, arriba flotante
Y encontró la pelota al instante.

Caminó hacia ella y la tomó
Entre sus patas lisas.
Volvió al mar donde nació,
Dibujando en los peces sonrisas.

Admirados por la gran hazaña,
Elogiaron su valor, contentos;
Podrán jugar hoy mañana
Y en la cena escuchar nuevos cuentos.
 (Febrero 2011)

Azul

Pintado el cielo en azul,
El mar pintado en azul.
El alma disuelta en azul.
Azul.
                          Azul.
El día jugó su as de oro
y lo perdió en tanto azul.

Y el silencio dijo en coro:
¡Ya mañana no hay azul!
      Carlos Pellicer.


    

viernes, 4 de marzo de 2011

Azul, la iguana verde.

Había una vez una iguana verde que se llamaba Azul. Todos los días, como todas las buenas iguanas, subía a un árbol y se quedaba ahí todo el día, bañándose con los rayos de sol. – ¡Pero esta vida es muy aburrida!- se quejaba Azul, -¿porqué las iguanas tenemos que estar en el sol todo el día, mientras los demás animales juegan allá abajo, en el pasto?-.  Y quizá Azul tenía razón. Quedarse junto a las otras iguanas durante todo el día no era nada divertido. Allá, en el pasto, los conejitos brincaban, los grillos cantaban y los venados jugueteaban; pero arriba, en el árbol, no se podía hacer más que quedarse quietecito, porque si se movían mucho, caerían desde el árbol…y quién sabe qué pasaría. Además, mamá le había dicho a Azul que no tenía que bajar nunca, nunca, nunca del árbol, al menos hasta que fuera mayor.
                Un día, mientras caminaba con cuidado en una de las ramas del árbol, Azul se encontró a una hormiga.
- Buenos días-, le dijo Azul,
-Buenos días- respondió la hormiga.
-¿Qué es eso que llevas cargando sobre tus espaldas? Parece una hoja, ¿a dónde la llevas? – preguntó Azul, quien no pudo disimular su gran interés por las hormigas.
-¿Que a dónde la llevó? ¡Pero qué pregunta es esa! Todo el mundo sabe que las hormigas cortamos hojas y las llevamos hasta nuestro hormiguero; ahí las almacenamos y luego nos las comemos. Pero… ¿tú no lo sabías?-
-Ahh…yo…- titubeó Azul- no, no lo sabía. ¿Y qué es un hormiguero?-
- ¡por la hormiga atómica!- gritó aturdida la hormiga-  Debes de ser muy desdichado muchacho, conoces muy poco de la vida. Un hormiguero no es otra cosa sino mi casa…el hogar de millones y millones de hormigas. ¿Nunca lo has visitado? Está justo detrás de aquellas rocas.
No, nunca lo he visto… ¿crees que yo podría ir contigo?- le preguntó Azul a la hormiga-
¡Claro! Mira, tú sígueme, y juntos llegaremos hasta allá. Solo ten en cuenta que yo me iré despacito, pues no tengo unas piernas grandes como las tuyas.
-está bien, yo te sigo.
                Azul siguió a la hormiga a través de las ramas y a lo largo del tronco, y cuando se dio cuenta ya estaba en el pasto. –Nunca había pisado el pasto- pensó Azul- ¿qué puede tener de peligroso algo tan suave y verde como este buen pasto?-. Azul se perdió en sus pensamientos, imaginándose que jugaba toda la tarde con sus amigos iguanas sobre el verde césped. Imaginó tanto que no se dio cuenta que la hormiga ya se había adelantado mucho, así que corrió para poder alcanzarla. Pero era demasiado tarde. Su guía había entrado al camino principal de las hormigas, y ahora caminaba junto con cientos de hormigas que iban hacia todas direcciones.
Azul la perdió de vista, y sus esperanzas de ver el hormiguero se desvanecían. Le quiso gritar, pero ni siquiera conocía su nombre. Entonces le ocurrió algo que nunca le había pasado: Un frío estremecedor la invadió desde la cola hasta la cabeza, las patas le empezaron a doler y casi no podía mover el cuello. -¿qué me está pasando?-  pensó Azul- oh, creo que necesito un poco de sol, ¡no puede ser! Pero aquí abajo no llegan los rayos del sol¡ Debí obedecer cuando me dijeron que nunca, nunca, nunca bajara del árbol.
                Con su cuerpo frío, y sin la esperanza de alcanzar los rayos de sol, Azul se tendió sobre la hierba y se puso a llorar. No podría volver a casa.
                Un águila real que pasaba por ahí, la vio con sus excelentes ojos y descendió para comérsela. Pero cuando la vio tan indefensa, se acercó hasta a ella y le preguntó qué había hecho para estar en ese lamentable estado. – Oh, gran águila, veo que me comerás, pero ya que lo preguntas, estoy así por haber desobedecido a mamá. Ella me había dicho que nunca, nunca, nunca abandonara el árbol en el que crecí, pero yo no le hice caso y seguí a una hormiga porque quería ver su gran hormiguero. Pero mi piel, oh águila, no resistió el frío de la tarde, y al no percibir los rayos del sol, un frio grandísimo ha invadido mi verde cuerpo. Ya no puedo caminar, mucho menos correr, así que no te preocupes, no huiré de tus garras.
El águila sonrió y con ternura la tomó entre sus garras. Voló, con Azul entre sus patas. Voló alto y más alto, hasta la copa del árbol de las iguanas. La colocó suavemente sobre una rama y dejó que el sol calentara su débil figura. Luego la miró fijamente y le dijo: Oh, iguanita, te he perdonado la vida, pero no desobedezcas jamás. Escucha el consejo de tu madre, ella sabe lo que hace. Después se fue volando por el aire.
                Azul se recuperó pronto, le contó lo sucedido a su madre, le pidió perdón y claro: nunca, nunca, nunca volvió a desobedecer a su mamá.

Fin

El sembrador salió a sembrar

//El sembrador salió a sembrar
La preciosa semilla;
La semilla que da vida,
Que da vida y libertad//

Una parte cayó en el camino,
Pero las aves la robaron.
Otra parte cayó entre espinos,
Y estos crecieron y la ahogaron.
Una más cayó entre las rocas,
¡Ésta sí que creció!
Pero no tenía raíz,
Y pronto se secó.

¿Será tu corazón la buena tierra,
Donde la semilla caerá,
Y mucho fruto ahí dará?
El sembrador salió a sembrar…

¿Porqué no quitas hoy los espinos,
Que tu sabes pronto te ahogarán?
¿o porqué no mueves esas piedras,
Y dejas ver la buena tierra?
¿o serás tú aquél camino,
Y pronto olvidarás?
¿Acaso pronto olvidarás?

Mira que la semilla es poder,
Poder que te salvará.
¡oh, recíbela!
Y mucho fruto tú darás.
(Septiembre, 2010)



Barca de remos Gastados.

La tarde declina. Cae pesada
sobre mis hombros ya cansados;
por el sol, de cierto sonrojados;
por la sombra de las nubes, negada.

Como barca que costea una isla lejana,
con un par de remos astillados,
sondeo tu presencia...tan cercana,
tu consuelo que levanta a los cansados.

Cuando estoy casi llegando a la orilla,
para anclar sobre ti mis ansiedades,
pensamientos me caen como polilla,
que corroen mi mente con pesares.

Quieren comer toda mi barca
e impedirme llegar a tu presencia;
dejarme ahí, atado a un ancla
y pagar cada día mi sentencia.

Mas cuando el agua llena el espacio
que da forma la madera enmohecida;
cuando mi alma se declara ya vencida,
tu calor me revive...despacio.

Toma mi barca de remos gastados.
Toma mi vida, Dios, en tus manos.
Ven a la orilla, pisa la arena,
déjame ver tu mirada serena.

C.C.B / febrero 2011

Sam del bosque y el violín roto

SAM DEL BOSQUE Y EL VIOLÍN ROTO
H

 abía una vez un violinista que no hacía otra cosa que no fuera tocar el violín.
Sam del bosque –como se llamaba-, vivía en una vieja cabaña en lo profundo del bosque.
Cada día tomaba su gastado estuche de madera, salía de su casa y caminaba por las veredas hasta llegar al río. Al llegar ahí, abría con solemnidad el estuche, se colocaba el violín sobre el hombro, lo sujetaba con el cuello y comenzaba a mover el arco con tanta agilidad y creatividad que no tardaba en conseguir que un gran número de animales, de todos tamaños y colores, se reunieran alrededor de él para escuchar por horas y horas el hermoso sonar del violín.
Grillos y ranas, ardillas y conejos, tejones y venados, se detenían  alrededor  de Sam formando un círculo. Las aves revoloteaban sobre su cabeza, adornando con su cantar el sonido el violín. Aún los peces del río asomaban sus cabezas sobre el agua para poder escuchar a Sam. Y así era día tras día, y en ocasiones especiales, como navidad, también durante la noche.
Sam del bosque le daba alegría al bosque.
Un día Sam se levantó un poco tarde de la cama, y como tenía ansias de tocar el violín, salió corriendo por el camino, sujetando con fuerza su estuche. Cuando llegó al río, los animales ya lo estaban esperando; así que corrió hasta la piedra donde acostumbraba pararse para tocar el violín y dio un brinco para subir a ella. Entonces ocurrió algo que dejó sorprendidos a todos. Sam había brincado tan alto, pero tan alto, que pasó por encima de la piedra y cayó sobre el césped. Rodó sobre la hierba hasta caer en el río. Los animales quedaron boquiabiertos. Las aves dejaron de cantar; los peces se quedaron inmóviles.
Sam del bosque salió del agua. Estaba empapado. De su mano colgaba el estuche de madera; estaba abierto, y el violín no estaba adentro. Al caer Sam sobre la hierba, el estuche se había abierto y el violín había chocado contra la piedra. La débil madera con la que estaba fabricado no soportó el golpe. El violín, el hermoso violín de Sam del bosque estaba roto en cien pedazos. Incluso al arco se le habían desprendido sus delgados hilos.
Un venado corrió hasta Sam y lamió su mano, como diciéndole “lo siento”.
El violín de Sam, que a todos alegraba, estaba hecho pedazos.
Sam subió del río. El agua había empapado su ropa, pero eso no tenía importancia en ese momento. Se sentó en la piedra, observó su violín y luego se inclinó sobre sus rodillas y comenzó a llorar. Los animales permanecieron en silencio. Un ruiseñor se detuvo junto al violín y caminó en círculos alrededor de él. Lo observó cuidadosamente y después voló con tanta rapidez que dejó un silbido en el aire. Sam volteó a verlo, y junto con él todos los animales. El venado sonrió como si comprendiese lo que el ruiseñor hacía y corrió detrás de él, siguiéndolo por el bosque. De repente, para sorpresa de Sam, todos los animales corrieron, como huyendo, adentrándose en la espesura del bosque, Sam se quedó completamente solo.
-¡no lo puedo creer!- Exclamó Sam- ¿Tan solo se reunían a mi  alrededor por el dulce canto del violín? ¿Me dejarán solo, ahora que no lo tengo?-. Las lágrimas corrían a chorros por sus mejillas. Sus amigos lo habían abandonado. Esperó casi dos horas, con la esperanza de que algún animalito volviera y se sentará junto a él. Pero aún los grillos habían dejado de cantar; hasta parecía que el río se avergonzaba por su pena y trataba de no hacer ruido mientras el agua corría.
Al fin, Sam se levantó, y dejando a un lado el estuche de su violín comenzó a caminar con pesadez por el camino. Se sentía solo.
De pronto, el sonido de una multitud de animales que corrían interrumpió sus pensamientos. Giró su cabeza y vio lo que sus ojos anhelaban. Todos los animales e insectos del bosque venían corriendo hacia él tan rápido como sus patas, grandes o pequeñas lo permitían. Lo rodearon, como solían hacerlo y se quedaron callados. Sam no comprendía, ¿se estaban burlando de él porque sus manos ya no producían dulces cantares?
Un venado de color café claro y radiante irrumpió con osadía el círculo y caminó hasta Sam, moviendo su cabeza con majestuosidad. Susurró algunas palabras al oído de Sam y luego lo escoltó hasta la piedra donde se había roto el violín. Cuando se detuvieron enfrente de la piedra, Sam abrió tanto los ojos que los animales no contuvieron la risa. Allí, sobre la roca, había varios tablones de madera de distintos árboles, como hayas, robles, cedros y arrayanes; al lado de los tablones había una vasija que contenía savia de árbol, y junto a ella había un montón de tiras de pelo de cola de caballo y algunas hiedras.
Sam tomó aquellos materiales, sujetó una piedra afilada y comenzó a hacer un nuevo violín, mientras, los animales cantaban a su alrededor. Trabajó durante todo el día y toda la noche. Los animales se quedaron dormidos allí, bajo la luz de la luna, mientras que Sam del bosque transformaba con destreza la madera, cortando algunas partes con la piedra y pegando otras con la savia.
Con los primeros rayos de sol los animales despertaron, y vieron a Sam, sobre la piedra, se levantaron y fue entones que sus oídos percibieron la más bella melodía que puedas imaginar. El violín estaba terminado. Sus colores difuminados entremezclaban el verde y el café; con hojas como retazos por aquí y por allá, y con un arco hecho de hiedra y pelo de cola de caballo, el nuevo violín de Sam del bosque producía tales sonidos que invadían el bosque haciendo que aún los árboles se mecieran ante su llamado. Además mientras tocaba el violín, éste desprendía matices de ondas de luz; moradas, rojas, amarillas, verdes, azules, naranjas… que viajaban con el viento y surcaban los cielos por encima de los árboles hasta perderse en el horizonte.
Sam tenía un violín nuevo, hecho con la madera de sus amigos del bosque. Por ello quedó por siempre agradecido, y deleitó los oídos del bosque para siempre.

FIN

De vuelta a casa

DE VUELTA A CASA Emaj (octubre 2010)
     E
Me fui de tu hogar
          B
Y gasté mi herencia
             C#m          A                          B
No pensaba regresar de vuelta a casa
               E    
Me hastié de maldad
              B
Me hundí en el pecado
               C#m        A                             B
Me invadieron la sombra y la ansiedad

                 E
Cuando ya no había esperanza
                      B
Y no encontraba la salida
            C#m        A                          B
Me hiciste regresar de vuelta a casa
      E
Curaste mis heridas
         B
Y sanaste mi dolor
          C#m        A                     B
Conocí tu fiel amor y tu perdón

            A 
Me hiciste coheredero
              B
De tus grandes promesas
         C#m     A                B
Te llevaste todo el temor


       E
Y ahora soy tu hijo
                     B
Puedo entrar en tu presencia
       C#m              A                  B
Y decirte Abba Padre, Mi señor.



                E
Porque eres mi Pastor
               B
Padre bueno y Dios eterno
         C#m            A
Te exaltaré por siempre
          B
Mi Jesús

 E
Quiero estar contigo
               B
En tus brazos descansar
          C#m        A                      B
Inundaste de paz en mi corazón

           E
Ahora tengo vida eterna
       B
Razón para vivir
          C#m             A                           B
Me dejaste regresar de vuelta a casa
               E
Mi alegría eres tú.
               B
Y ahora Tú eres mi herencia
                    C#m        A              B
Y mi esperanza de gloria venidera.

L: Jd
M: Ch