Déjenme comentarles, mis niños, que la historia que hoy escucharán se desarrolla en alguna parte del bosque que ya es medianamente conocido por ustedes. Aunque aún no decido el nombre de dicho bosque, lo que nos importa por el momento es saber que es el mismo bosque donde vive el músico Sam, con su violín; Violeta, la niña que canta con los animales; los osos que siempre se portan bien y aquellos animales de los cuales todavía no contamos sus anécdotas.
El bosque es muy grande, y ahora que es primavera todo es verde y de colores, pues las hojas de los árboles crecen con rapidez y las flores han estirado sus pétalos después de la larga siesta del invierno.
En cierta parte del bosque, hay una carpintería. Es una vieja cabaña hecha toda de madera de pino y techada con tejas de color rojo opaco. En esta cabaña vivía un viejo títere. Era de color rojo y tenía un gorrito azul marino que a su vez tenía colocada una pluma de ganso. Portaba un sweater color blanco como la leche. Sus ojos eran color café claro, sus zapatos eran de color azul tan pero tan fuerte que hasta lastimaba la vista. También usaba unos lentes.
Sin embargo, Cervantino – como se llamaba el títere-, tenía un pequeño inconveniente: Sí, era verdad; sus diferentes tonos de rojo en su cuerpo cepillado lo hacían verse como todo un…pillín, y qué decir de su sweater blanco como la leche. Pero el problema de Cervantino era que no tenía hilos. ¿Pueden imaginarse un títere sin hilos?¿qué podía hacer, sino permanecer por siempre ahí sentado, en el fondo de un viejo armario?
Cervantino ya tenía mucho tiempo así, inmóvil. No conocía más que el pequeño armario donde un carpintero lo había guardado hace mucho tiempo atrás. No conocía a los animales del bosque, ni a las personas. Ni siquiera conocía el fragante olor a cedro que invadía el resto de la carpintería. En una frase: Cervantino estaba triste.
Un buen día – grandioso día-, un carpintero entró en el local y comenzó a trabajar. Encendió los viejos motores de las máquinas, lanzó un poco de pintura al aire con la compresora, lijó algunos muebles y martilló uno que otro clavo. Se detuvo por un momento para descansar de su trabajo –que ya le había ocupado toda la mañana- y decidió recorrer toda la carpintería en búsqueda de cualquier cosa interesante. Caminó observando los estantes, contemplando algunas figurillas inconclusas hechas también de madera y después se detuvo frente al armario, la casa de Cervantino. El corazón de roble de Cervantino latió con una extraña fuerza mientras las manos callosas del viejo carpintero abrían con suavidad la puertecilla. El aire fresco abrillantó los colores del pequeño títere y le devolvió la sonrisa en su rostro. El carpintero lo tomó con mucho cuidado y lo levantó para verlo con la luz que se filtraba a través de la polvosa ventana. Lo miró con detenimiento, examinando cada detalle y sintiendo la textura de la madera. Sonrió ampliamente y se dirigió con el muñeco hacia el cuarto de trabajo.
El carpintero tomó algunos listones de colores y los amarró en las argollas que Cervantino tenía en la espalda. Hasta ese momento, Cervantino no había mencionado una sola palabra, pero cuando los listones de ceda se deslizaron rozando su piel, no pudo evitar soltar una risita, que motivó al anciano.
En pocos minutos, Cervantino estaba renovado. Tenía hilos nuevos y aún una nueva capa de esmalte sobre su cuerpo. El carpintero resultó ser muy hábil para manejarlo y pasó toda la tarde haciendo movimientos a los que Cervantino no estaba acostumbrado. No obstante, después de rechinar por unas horas, Cervantino recuperó su agilidad y logró moverse como todo una marioneta de circo.
Llegó la hora en la que Roger – el carpintero- debía volver a casa para cenar con su esposa. Cervantino creyó que volvería a estar solo, pero Roger resultó ser un gran amigo. Lo envolvió en un retazo de ceda para que no se resfriara con el frío de la noche y lo llevó a su hogar. Cervantino consiguió asomar su cabeza de entre los dobleces de la tela y quedó absorto al contemplar, aún en la oscuridad de la noche, el bello bosque al que tanto había deseado conocer. Pudo escuchar la voz de Violeta, que a lo lejos cantaba mientras caminaba de vuelta a casa y las últimas notas del violín de Sam. –Algún día sabré de dónde vienen esos sonidos- pensaba el títere.
Cuando llegaron a la casa de Roger, Cervantino fue presentado a la familia, es decir a la esposa de Roger. Le dieron de cenar y lo colocaron junto a la chimenea para que durmiera con el calor del fuego. Cuando apagaron las luces, la tenue luz que despedían los carbones encendidos aún iluminaba la sala. Cervantino tomó los listones que tenía sujetos a la espalda y los observó. ¿Cómo es que un carpintero desconocido había hecho que sus sueños comenzaran a hacerse realidad? Pensando en todo esto, Cervantino cerró los ojos y se quedó profundamente dormido. No sabía que pasaría después, pero los hilos que abrazaban sus dedos le decían que lo mejor estaba por comenzar.
Abril, 2011
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