Bofi era un payaso que se esforzaba mucho por hacer reír a los niños. Se compró unos zapatotes amarillos y una nariz roja. Se hizo un pantalón de tela azul y un chaleco que tenía dibujos de payasos grabados haciendo acrobacias. Además consiguió un gorro tan pequeño que apenas le cubría algunos mechones de cabello.
Pero a pesar de usar todo su traje de payaso, Bofi no conseguía hacer reír a la gente. Buscaba en los mejores libros de chistes algunos chistes para contar ante su audiencia, pero no provocaba ni siquiera una risita. Se compró, en una ocasión, un libro de magia, para intentar hacer algunos trucos, pero ninguno le funcionó.
Bofi se sentía triste, porque un payaso que no da risa, no es un asunto…chistoso. Se sentía tan triste que decidió renunciar a su trabajado y volverse electricista.
Cuando ya había guardado su traje de payaso y se había resuelto a salir en busca de un empleo, un niño pequeño tocó a la puerta de su casa. El niño tenía la cara redonda, con algunas pecas en las mejillas. Llamó tanto la atención de Bofi, que Bofi no tuvo el valor de negarse a escuchar su petición.
Vamos Bofi- le dijo el niño- tienes que ir a mi fiesta. Quizá no seas el mejor payaso, pero mi fiesta comienza en media hora. Sé que podrías hacer algunos trucos y animar a la gente, por favor, di que si, ¿siiiiiiii?- .
-Bofi le respondió- No niño, eso no será posible. Ya guardé mi traje de payaso, y estará tan arrugado que todos tus invitados se burlarán de mí. Además, ayer colgué mis zapatos en el cable de luz y no los podré bajar. Solo me he quedado con mi nariz roja ¿crees que con eso consiga la atención del público?
- El niño le dijo- ¡Bofi! ¡Por favor! Creo en que tú podrás hacerlo, aunque sólo te pintemos la cara de colores y te pongas tu nariz roja de payaso. Por favor Bofi: sé que lo harás bien.
Ante las insistencias del pequeñuelo, Bofi finalmente aceptó. Se puso una playera de rayas y un pantalón de mezclilla. Amarró las agujetas de sus converse y salió detrás del niño.
Cuando llegaron a la fiesta el corazón de Bofi casi se detuvo. No había cincuenta o cien personas. Había muchísima gente, más de la que Bofi había visto jamás. Se sujeto en el barandal de las escaleras que llevaban al centro del salón e hizo un esfuerzo por no desmayarse. Pensó en salir de inmediato, pero mientras consideraba eso, sintió una tibia mano sobre la suya y volteó su cabeza. El pequeño niño que lo había ido a buscar le sonrió y le dijo: Yo sé que podrás hacerlo Bofi. Solo ve hacia el centro y sé el mejor payaso del mundo. Bofi tomó valor. Soltó la mano del niño y saltó desde el barandal. Justo en ese momento la música se detuvo y todos guardaron silencio. Bofi apareció en el centro del gran salón. Todos aplaudieron. Quizá era porque no llevaba su traje de payaso, pero nadie lo reconoció. Bofi se alegró al escuchar el sonido de los aplausos y comenzó a caminar a lo largo de la sala. Había un charco de refresco en el piso, Bofi no lo vio y cayó sobre el piso. Todos rieron, así que Bofi tomó más valor. Se levantó de un brinco y se cayó otra vez. Se acordó de un chiste que él mismo había inventado y se le ocurrió decirlo. Todos rieron y le aplaudieron. Entonces Bofi tomó algunas botellas de refresco y comenzó a hacer malabares mientras subía por las escaleras. Solicitó voluntarios y varios niños se acercaron a él. Además de dar risa, los niños ya no le tenían miedo. Bofi organizó algunas actividades y les entregó premios a los niños. Después anunció que era el momento de partir el pastel y acabó su participación en la fiesta. Pero antes de retirarse, todas las personas que estaban en el salón se pusieron de pie y aplaudieron; algunos chiflaban y otros gritaban. El espectáculo de Bofi había resultado ser un éxito.
Bofi fue al baño y se lavó la cara. No podía creerlo, ese día, tal como el niño lo había dicho, simplemente se convirtió en el mejor payaso del mundo. Mientras se lavaba la cara un señor de estatura muy pequeña entró al baño y se dirigió hacia él.
Permítame estrechar su mano- le dijo el sujeto, mientras extendía su mano-. Es usted el mejor payaso que he visto, dígame ¿para quién trabaja?.
En realidad, señor- respondió Bofi- esta mañana había resuelto ya no trabajar. A pesar de tener un traje muy bonito y unos zapatos amarillos radiantes, jamás había conseguido una sola sonrisa en un niño. Lo de hoy fue una excepción, casi un sueño.
A veces es mejor soñar mientras se está despierto, mi amigo- dijo el hombre chaparrito, quitándose el sombrero que llevaba puesto- Le diré lo que yo vi, sr Bofi. Hoy vi a un payaso que descendió a su escenario y no actuó, solamente vivió y regaló sonrisas a todas las personas. Usted hoy fue Bofi, y nada más. Sin máscaras, sin trajes y sin zapatos amarillos.
-El hombre hizo una pausa y continuó- Déjeme presentarme. Mi nombre es Lorenzo de San Blass, y soy el director del mejor circo de este país. Y si usted no tiene un inconveniente, a partir de hoy, usted trabajará para mí.
Algunas lágrimas corrieron por el rostro de Bofi. Era cierto, en ese salón fue él mismo, y se convirtió en el mejor payaso del mundo. Se secó las lágrimas con la mano, y dijo: Sí, Sr. Lorenzo de San Blass, acepto su oferta.
Ambos salieron del baño y se sentaron a la mesa, rodeados de otros payasos, domadores de leones, acróbatas y demás. Incluso había un changuito que se paseaba sobre la mesa. Todos le dieron la bienvenida a Bofi; quien por cierto, nunca llegó a ser electricista.
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