Junto a la casa de José vivía un conejito que se llamaba Robin. Pero Robin no era como los conejos que conocemos. A Robin no le gustaba salir de casa. No le gustaba brincar en la hierba o comer zanahorias al caer el sol. No, Robin más bien parecía una hormiga que un conejo. ¡Una hormiga gigantesca, has de estar pensando! ¿Sabes por qué? Porque Robin decidió recolectar zanahorias y semillas y almacenarlas en su madriguera. Trabajó muy duro durante toda la primavera pasada –hay que reconocerlo-, así que consiguió recolectar una buena cantidad de víveres. Robin tenía su casa llena de zanahorias y semillas.
Cuando Robin consideró que ya tenía suficientes víveres como para nunca más salir al mundo exterior; entró en su casa, cerró la puerta tras de sí y puso tres candados, para que nadie más pudiera entrar. Prendió una pequeña lámpara y se recostó en su cama. Su cama tenía una colcha que tenía dibujadas cientos de zanahorias. Sobre la cama había dos cojines en forma de zanahoria y claro, clavado en la pared había un cuadro de una zanahoria pintada al óleo.
-Al fin estoy solo en mi hogar- Se dijo a sí mismo Robin-, Ya no tendré que brincar sobre la hierba o ver el sol que lastima con sus rayos; aquí en mi casa seré muy feliz.
Pero pronto Robin se encontró en problemas: El gran reloj que colgaba de la pared, junto al cuadro de la zanahoria, dejó de funcionar. Sus manecillas permanecieron inmóviles. A Robin le dio un vuelco en el estómago. – No puede ser, ¿ahora cómo sabré a qué hora debo comer, o a qué hora tengo que dormir?- Como los rayos del sol no entraban por ninguna parte a la madriguera de Robin, Robin no sabía si era de día o si era de noche. Así que el pequeño conejito decidió hacer un dibujo de un día soleado y un dibujo de la luna y las estrellas. Cuando él consideraba que ya era de día, colocaba en la pared el dibujo del día soleado, y lo mantenía allí hasta que le daba sueño y se disponía a dormir. Entonces quitaba el dibujo del día soleado y colocaba el de la luna, así, se imaginada que ya era de noche.
Al principio parecía divertido. Casi un juego. Imagínate que cada vez que te da sueño, no importa la hora del día, pudieras imaginarte que ya es de noche y tranquilamente subes a tu cuarto y te duermes un ratito. ¿Parece divertido, no? Pues Robin pensó que así sería siempre. Pero poco a poco se dio cuenta que su idea resultó ser un desastre. Ya había perdido totalmente la noción del tiempo. Además, sus patas se estaban entumeciendo, y sus ojos ya extrañaban la luz del sol. Robin olvidó meter un refrigerador, así que las zanahorias se estaban enmoheciendo. Nada estaba saliendo como él lo había planeado. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia la puerta e intentó abrir, pero no encontró las llaves. Un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Robin. -¡No puede ser!- pensó Robin-, ¿me quedaré aquí para siempre, siempre, siempre?, ¡que alguien me ayude!- En su desesperación comenzó a golpear la puerta, con la esperanza de que José (su vecino) lo escuchara. Lo cual sucedió muy rápido, porque ambos vivían en un patio de vecindad. José intentó abrir la puerta, pero con tres candados bien cerrados, ¿quién podría abrir la puerta?
De pronto, José empezó a reír. Reía tanto que no podía parar.
-¿qué te pasa?- Le dijo Robin- Deja ya de reírte ¿qué no ves que estoy atrapado y moriré si no abres la puerta?-
Haciendo un gran esfuerzo, José dejó de reír y le respondió:
-Vamos, Robin, ¿Qué qué es lo que me da tanta risa? Pues verás, es que, si eres un conejo y tú mismo hiciste la casa, ¿no es más fácil que escarbes con tus patas y pases por debajo de la puerta?-
El rostro de Robin se iluminó, y sin detenerse a pensar o a responderle algo a su amigo. Colocó sus patas fuertemente sobre la tierra y las movió muy muy rápido. En menos de lo que canta un gallo, Robin ya estaba del otro lado de la puerta, al lado de José.
José le palmeó la espalda y se fue a su casa.
A partir de ese día, Robin sale cada mañana, apenas sale el sol, para agradecer la luz, el aire, el pasto y las zanahorias. Entendió que Dios creó todo perfecto para que lo podamos disfrutar, y qué el debe ser más sabio que nosotros.
Marzo 2011
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