SAM DEL BOSQUE Y EL VIOLÍN ROTO
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abía una vez un violinista que no hacía otra cosa que no fuera tocar el violín.
Sam del bosque –como se llamaba-, vivía en una vieja cabaña en lo profundo del bosque.
Cada día tomaba su gastado estuche de madera, salía de su casa y caminaba por las veredas hasta llegar al río. Al llegar ahí, abría con solemnidad el estuche, se colocaba el violín sobre el hombro, lo sujetaba con el cuello y comenzaba a mover el arco con tanta agilidad y creatividad que no tardaba en conseguir que un gran número de animales, de todos tamaños y colores, se reunieran alrededor de él para escuchar por horas y horas el hermoso sonar del violín.
Grillos y ranas, ardillas y conejos, tejones y venados, se detenían alrededor de Sam formando un círculo. Las aves revoloteaban sobre su cabeza, adornando con su cantar el sonido el violín. Aún los peces del río asomaban sus cabezas sobre el agua para poder escuchar a Sam. Y así era día tras día, y en ocasiones especiales, como navidad, también durante la noche.
Sam del bosque le daba alegría al bosque.
Un día Sam se levantó un poco tarde de la cama, y como tenía ansias de tocar el violín, salió corriendo por el camino, sujetando con fuerza su estuche. Cuando llegó al río, los animales ya lo estaban esperando; así que corrió hasta la piedra donde acostumbraba pararse para tocar el violín y dio un brinco para subir a ella. Entonces ocurrió algo que dejó sorprendidos a todos. Sam había brincado tan alto, pero tan alto, que pasó por encima de la piedra y cayó sobre el césped. Rodó sobre la hierba hasta caer en el río. Los animales quedaron boquiabiertos. Las aves dejaron de cantar; los peces se quedaron inmóviles.
Sam del bosque salió del agua. Estaba empapado. De su mano colgaba el estuche de madera; estaba abierto, y el violín no estaba adentro. Al caer Sam sobre la hierba, el estuche se había abierto y el violín había chocado contra la piedra. La débil madera con la que estaba fabricado no soportó el golpe. El violín, el hermoso violín de Sam del bosque estaba roto en cien pedazos. Incluso al arco se le habían desprendido sus delgados hilos.
Un venado corrió hasta Sam y lamió su mano, como diciéndole “lo siento”.
El violín de Sam, que a todos alegraba, estaba hecho pedazos.
Sam subió del río. El agua había empapado su ropa, pero eso no tenía importancia en ese momento. Se sentó en la piedra, observó su violín y luego se inclinó sobre sus rodillas y comenzó a llorar. Los animales permanecieron en silencio. Un ruiseñor se detuvo junto al violín y caminó en círculos alrededor de él. Lo observó cuidadosamente y después voló con tanta rapidez que dejó un silbido en el aire. Sam volteó a verlo, y junto con él todos los animales. El venado sonrió como si comprendiese lo que el ruiseñor hacía y corrió detrás de él, siguiéndolo por el bosque. De repente, para sorpresa de Sam, todos los animales corrieron, como huyendo, adentrándose en la espesura del bosque, Sam se quedó completamente solo.
-¡no lo puedo creer!- Exclamó Sam- ¿Tan solo se reunían a mi alrededor por el dulce canto del violín? ¿Me dejarán solo, ahora que no lo tengo?-. Las lágrimas corrían a chorros por sus mejillas. Sus amigos lo habían abandonado. Esperó casi dos horas, con la esperanza de que algún animalito volviera y se sentará junto a él. Pero aún los grillos habían dejado de cantar; hasta parecía que el río se avergonzaba por su pena y trataba de no hacer ruido mientras el agua corría.
Al fin, Sam se levantó, y dejando a un lado el estuche de su violín comenzó a caminar con pesadez por el camino. Se sentía solo.
De pronto, el sonido de una multitud de animales que corrían interrumpió sus pensamientos. Giró su cabeza y vio lo que sus ojos anhelaban. Todos los animales e insectos del bosque venían corriendo hacia él tan rápido como sus patas, grandes o pequeñas lo permitían. Lo rodearon, como solían hacerlo y se quedaron callados. Sam no comprendía, ¿se estaban burlando de él porque sus manos ya no producían dulces cantares?
Un venado de color café claro y radiante irrumpió con osadía el círculo y caminó hasta Sam, moviendo su cabeza con majestuosidad. Susurró algunas palabras al oído de Sam y luego lo escoltó hasta la piedra donde se había roto el violín. Cuando se detuvieron enfrente de la piedra, Sam abrió tanto los ojos que los animales no contuvieron la risa. Allí, sobre la roca, había varios tablones de madera de distintos árboles, como hayas, robles, cedros y arrayanes; al lado de los tablones había una vasija que contenía savia de árbol, y junto a ella había un montón de tiras de pelo de cola de caballo y algunas hiedras.
Sam tomó aquellos materiales, sujetó una piedra afilada y comenzó a hacer un nuevo violín, mientras, los animales cantaban a su alrededor. Trabajó durante todo el día y toda la noche. Los animales se quedaron dormidos allí, bajo la luz de la luna, mientras que Sam del bosque transformaba con destreza la madera, cortando algunas partes con la piedra y pegando otras con la savia.
Con los primeros rayos de sol los animales despertaron, y vieron a Sam, sobre la piedra, se levantaron y fue entones que sus oídos percibieron la más bella melodía que puedas imaginar. El violín estaba terminado. Sus colores difuminados entremezclaban el verde y el café; con hojas como retazos por aquí y por allá, y con un arco hecho de hiedra y pelo de cola de caballo, el nuevo violín de Sam del bosque producía tales sonidos que invadían el bosque haciendo que aún los árboles se mecieran ante su llamado. Además mientras tocaba el violín, éste desprendía matices de ondas de luz; moradas, rojas, amarillas, verdes, azules, naranjas… que viajaban con el viento y surcaban los cielos por encima de los árboles hasta perderse en el horizonte.
Sam tenía un violín nuevo, hecho con la madera de sus amigos del bosque. Por ello quedó por siempre agradecido, y deleitó los oídos del bosque para siempre.
FIN
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