Había una vez una iguana verde que se llamaba Azul. Todos los días, como todas las buenas iguanas, subía a un árbol y se quedaba ahí todo el día, bañándose con los rayos de sol. – ¡Pero esta vida es muy aburrida!- se quejaba Azul, -¿porqué las iguanas tenemos que estar en el sol todo el día, mientras los demás animales juegan allá abajo, en el pasto?-. Y quizá Azul tenía razón. Quedarse junto a las otras iguanas durante todo el día no era nada divertido. Allá, en el pasto, los conejitos brincaban, los grillos cantaban y los venados jugueteaban; pero arriba, en el árbol, no se podía hacer más que quedarse quietecito, porque si se movían mucho, caerían desde el árbol…y quién sabe qué pasaría. Además, mamá le había dicho a Azul que no tenía que bajar nunca, nunca, nunca del árbol, al menos hasta que fuera mayor.
Un día, mientras caminaba con cuidado en una de las ramas del árbol, Azul se encontró a una hormiga.
- Buenos días-, le dijo Azul,
-Buenos días- respondió la hormiga.
-¿Qué es eso que llevas cargando sobre tus espaldas? Parece una hoja, ¿a dónde la llevas? – preguntó Azul, quien no pudo disimular su gran interés por las hormigas.
-¿Que a dónde la llevó? ¡Pero qué pregunta es esa! Todo el mundo sabe que las hormigas cortamos hojas y las llevamos hasta nuestro hormiguero; ahí las almacenamos y luego nos las comemos. Pero… ¿tú no lo sabías?-
-Ahh…yo…- titubeó Azul- no, no lo sabía. ¿Y qué es un hormiguero?-
- ¡por la hormiga atómica!- gritó aturdida la hormiga- Debes de ser muy desdichado muchacho, conoces muy poco de la vida. Un hormiguero no es otra cosa sino mi casa…el hogar de millones y millones de hormigas. ¿Nunca lo has visitado? Está justo detrás de aquellas rocas.
No, nunca lo he visto… ¿crees que yo podría ir contigo?- le preguntó Azul a la hormiga-
¡Claro! Mira, tú sígueme, y juntos llegaremos hasta allá. Solo ten en cuenta que yo me iré despacito, pues no tengo unas piernas grandes como las tuyas.
-está bien, yo te sigo.
Azul siguió a la hormiga a través de las ramas y a lo largo del tronco, y cuando se dio cuenta ya estaba en el pasto. –Nunca había pisado el pasto- pensó Azul- ¿qué puede tener de peligroso algo tan suave y verde como este buen pasto?-. Azul se perdió en sus pensamientos, imaginándose que jugaba toda la tarde con sus amigos iguanas sobre el verde césped. Imaginó tanto que no se dio cuenta que la hormiga ya se había adelantado mucho, así que corrió para poder alcanzarla. Pero era demasiado tarde. Su guía había entrado al camino principal de las hormigas, y ahora caminaba junto con cientos de hormigas que iban hacia todas direcciones.
Azul la perdió de vista, y sus esperanzas de ver el hormiguero se desvanecían. Le quiso gritar, pero ni siquiera conocía su nombre. Entonces le ocurrió algo que nunca le había pasado: Un frío estremecedor la invadió desde la cola hasta la cabeza, las patas le empezaron a doler y casi no podía mover el cuello. -¿qué me está pasando?- pensó Azul- oh, creo que necesito un poco de sol, ¡no puede ser! Pero aquí abajo no llegan los rayos del sol¡ Debí obedecer cuando me dijeron que nunca, nunca, nunca bajara del árbol.
Con su cuerpo frío, y sin la esperanza de alcanzar los rayos de sol, Azul se tendió sobre la hierba y se puso a llorar. No podría volver a casa.
Un águila real que pasaba por ahí, la vio con sus excelentes ojos y descendió para comérsela. Pero cuando la vio tan indefensa, se acercó hasta a ella y le preguntó qué había hecho para estar en ese lamentable estado. – Oh, gran águila, veo que me comerás, pero ya que lo preguntas, estoy así por haber desobedecido a mamá. Ella me había dicho que nunca, nunca, nunca abandonara el árbol en el que crecí, pero yo no le hice caso y seguí a una hormiga porque quería ver su gran hormiguero. Pero mi piel, oh águila, no resistió el frío de la tarde, y al no percibir los rayos del sol, un frio grandísimo ha invadido mi verde cuerpo. Ya no puedo caminar, mucho menos correr, así que no te preocupes, no huiré de tus garras.
El águila sonrió y con ternura la tomó entre sus garras. Voló, con Azul entre sus patas. Voló alto y más alto, hasta la copa del árbol de las iguanas. La colocó suavemente sobre una rama y dejó que el sol calentara su débil figura. Luego la miró fijamente y le dijo: Oh, iguanita, te he perdonado la vida, pero no desobedezcas jamás. Escucha el consejo de tu madre, ella sabe lo que hace. Después se fue volando por el aire.
Azul se recuperó pronto, le contó lo sucedido a su madre, le pidió perdón y claro: nunca, nunca, nunca volvió a desobedecer a su mamá.
Fin
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